Anirúame: un monolito iluminador en la mítica Tarahumara -por Renée Acosta

Presentación del libro Anirúame: historias de los tarahumaras de los tiempos antiguos, de Enrique Servín. Enero de 2016.

Toda línea, toda expresión que lleva el sello

de los primeros días de la humanidad,

estén escritas en la lengua que quieran,

 son un feliz hallazgo.

Max Müller

Entre los muchos debates acerca de la mitología entre el siglo XIX y el siglo XX sobresalen las tendencias de la mitología vista desde la psicología profunda jungiana y las aportaciones de Dumézil y Mircea Eliade, así como los rastros filológicos de los registros mitológicos apuntando a la mitología de los pueblos como verdaderos rescates del pensamiento arcaico. A diferencia de los registros arqueológicos en piedra de los monumentos monolíticos, el mito permanece a la materia de la mente y de los sueños.

Si bien los estudios mitológicos del siglo XVIII y XIX se concentran más en la recopilación que en la fenomenología de este extraño Ser que es el mito, es gracias al trabajo de Schliemann, de Müller, Boas, de Jung, de Cassirer, que los mitos trascendieran de ser historias de las abuelitas, a arquetipo gnoseológico, fenomenológico y arqueología de símbolos elementales de la psique profunda. Este hallazgo es la prueba de que los mitos contienen una parte de verdad, una narración simbolizada de hechos históricos; y para entender que el mito no es solamente un cuento para dormir a los niños, sino más bien cuentos que no son cuento, para despertar la conciencia de los orígenes. En donde Mircea Eliade dice “modelos ejemplares de comportamiento humano”, Jung dice: símbolos arquetípicos y “es una realidad psíquica y el mundo mítico es… una realidad igual, si no superior al mundo material”.

El trabajo realizado por Enrique Servín ha sido una auténtica odisea (así como la mítica de Homero) de más de veinte años de entrevistas, viajes por la Sierra, recopilación, cotejamiento de datos y de una memoria privilegiada dotada del inusitado don de las lenguas como pocas mentes políglotas ha habido en Chihuahua, para conservar todos estos datos, interpretarlos en cada uno de los idiomas, compararlos con otros datos en otros idiomas de la región, y transcripción lo más fiel posible. Tan solo el personaje de Enrique Servín nos aparece como un ser mitológico: pájaro de las mil lenguas, Fénix, Quetzal mágico de la Tarahumara.

La transcripción o recreación de la tradición oral tiene un inmenso mérito por su dificultad y por su rareza. Ordenar las palabras, comparar los signicados y las lenguas, discernir entre los contenidos de origen prehispánico y pos conquista, sin añadir ni quitar. Modelar como si fuera barro con la materia que se ha recuperado y nada más. Eso, señoras y señores, sólo podría hacerlo un poeta extraordinario, imposible. Para empezar un hombre de letras para entender los argumentos, un hombre de antropología para comprender los contextos histórico temporales de razas y etnias; un hombre de lenguas para poder traducir y hacer un análisis filológico; un hombre de filosofía para integrar el contexto. Todos por separado sería posible, lo casi imposible sería encontrar un hombre con todas las cualidades necesarias para el rescate, y ese hombre es Enrique Servín.

Sin el trabajo de rescate y conservación de Enrique Servín en este Anirúame probablemente estas historias se habrían perdido en el transcurso de los próximos 20 o 30 años debido a la erosión cultural que las lenguas sufren con las conquistas y las dominaciones que eliminan los usos y costumbres de los pueblos conquistados. Toda esta mitología de la Sierra Tarahumara es para Chihuahua lo que el Popol Vuh o  los Chilames Balames para la región de los Mayas, sin embargo, a diferencia de las culturas escritas de los Aztecas y los Mayas, una lengua como la rarámuri y otras lenguas regionales como el Pima, el Tepehuano, están en peligro de extinción por la inmigración y el crecimiento de las manchas urbanas a las que poco a poco se van integrando los tarahumaras debido a la pobreza y la sequía en la sierra.  

Pero para nosotros estos mitos o no existían, o tenían que existir pero sabíamos que estaban fuera del alcance de nuestras manos blancas y profanas de las cuales los tarahumaras han resguardado celosamente el compartir sus más profundos secretos. Recuperar cada mito fue como desenterrar una pieza, una sola pieza de un jarrón antiguo. Cada historia es como una joya de obsidiana, una escultura de un ídolo que narra como era el mundo antes del tiempo.

Así como Schliemann desenterró la mítica ciudad de Troya, Enrique ha desenterrado la mítica Teogonía de la Tarahumara. Y no exagero al afirmar que el maestro Servín ha hecho por la mitología de los pueblos indígenas lo que Dúmezil hizo con los Oscitas y Oscetas. Estamos ante el nacimiento de un nuevo clásico de la historia de Chihuahua, una pieza monumental de más de 200 cuartillas de mitos que guardan en su misterio el pasado y la verdadera historia de los orígenes de los pueblos de la Tarahumara. Estos mitos se pensaba hasta hace poco, que se habían perdido durante la conquista y las misiones, o que si había una tal “mitología tarahumara” o había sido alterada por el cristianismo o la verdad es que nunca sería revelada o que podría estar tan rota que poco o nada quedaba al transmitirse oralmente.

Max Müller quien fuera uno de los más importantes investigadores de los mitos en el siglo XIX y que murió con su siglo en el año de 1900, estaba preocupado por encontrar el origen de los mitos y su razón de ser. Buscaba una lógica que condujera a una gramática de los mitos y a diferencia de James George Frazer, intentó ir más allá de una recopilación monumental de mitos dispersos. Müller quería hallar un método más racional y científico para entender el fenómeno del mito. Así pues, decía en su clásico Mitología comparada que entre la época que llamó periodo de los dialectos o del surgimiento del lenguaje y la era de las naciones (civilizaciones) había un punto ciego, una grieta invisible, de donde aparecían los mitos. Y así como hay metamorfosis de los mitos como en Ovidio, también hay una metamorfosis de las palabras. Pero solamente un filólogo positivista como Max Müller podría haber propuesto un método científico para desentrañar ese nudo gordiano.

Los Tarahumara han demostrado con el paso del tiempo ser un pueblo con mayor habilidad y gusto por ejercicios refinados del lenguaje, como son la poesía, la leyenda, el mito. Por otra parte, aún cuando las investigaciones antropológicas realizadas en la región pudieran haberse acercado a preguntar acerca de estos mitos, recopilarlos no era trabajo fácil. En primer lugar por la distancia lingüística. En segundo lugar, estas historias no eran contadas al blanco pues era profanar el conocimiento de los antiguos. En tercer lugar: las historias suelen estar contaminadas por la mitología judeocristiana. Así que algunas de las historias, en especial las que coinciden con el diluvio, las destrucciones del mundo, la cueva de los gentiles, la leyenda de los Kanokos, todos ellos identificables con paralelismos de la mitología del antiguo testamento, son comentadas al hombre blanco, pero allá, en las entrañas ocultas de la sierra, cobijadas en las tirutas de los sipaámes y los ancianos; allá permanecieron estos mitos, sepultados bajo capas y capas de transmisión oral; protegidos por una lengua para el blanco desconocida

Estas historias no se encontraron como una orgía de evidencias. Enrique Servín tuvo el difícil trabajo de convencer a los pueblos originarios de compartir estos mitos para conservarlos. En una cultura que no tiene otra forma de conservación más que la memoria y el canto. A diferencia de un yacimiento arqueológico en el cual todo lo que contiene el yacimiento lo vas a encontrar ahí mismo, en el caso de la arqueología del pensamiento que son los mitos, están desperdigados por toda la Sierra y en distintos pueblos. Lo que un pueblo dice el otro no lo recuerda. Por eso se requiere de la integración lingüística, ideológica y paradigmática.

Por ejemplo, hay mitos compartidos entre los Huicholes, los Pimas y los Yaquis. Pero el hecho de que compartan mitos y que sus variaciones sean mínimas es un rastro de las huellas que dejaron sus antepasados hay un abismo de pueblo en pueblo. Por ejemplo, en Anirúame aparecen varios mitos, que bien pudieran ser variantes de un solo y mismo mito, pasados por el cedazo de la transmisión oral. Estos mitos son Las mujeres estrellas, los hermanos estrellas, el hombre que sobrevivió a la lluvia Grande y la mujer perro, los siete hermanos vuelven a ser estrellas y el esposo de las estrellas; éste último pareciera ser una fusión de todos los mitos anteriores, aunque en el mito del esposo de las estrellas, ellas, las estrellas, son muchas, tantas como hay en el cielo, así que el esposo no podía alimentarlas.

A propósito de las estrellas, el padre Brambila comenta que entre las “supersticiones” de los indígenas está un temor a las estrellas fugaces. ¿Por qué habrían de tenerle miedo a las estrellas fugaces? En el mito del Nacimiento de las cosas, dice: Otras estrellas se convirtieron en los Tarahumaras, que son la gente de las estrellas, porque así es como se dice que nacieron los Tarahumaras de las estrellas caídas. Y en el mito “Lo que se dice de las estrellas”. Otro temor mitológico mencionado por Brambila es el de la gran piedra de maldición Rusiware.  “De las estrellas se dice que son personas. Que no hay que señalarlas con el dedo. Que tienen alma y palabra. Que son nuestros hermanos de arriba. Que son los hermanos que se quedaron allá arriba en el cielo, en el principio, cuando todo nació”.

La mitología Tarahumara no carece de todos los elementos de otras mitologías, tienen sus mitos cosmogónicos, teogónicos, antropogénicos, etiológicos, morales, fundacionales, escatológicos; también tienen una zoología fantástica. Otro miedo recurrente aparece en los mitos de las destrucciones del mundo. Uno de esos fines del mundo está reflejado en el mito “El sol se apaga” que narra la historia de como los dioses se sintieron decepcionados de los hombres, y entonces el sol comenzó a deprimirse y se apagó poco a poco. Su luz primero se puso amarilla, después parda y luego dejó de brillar. Los valles y los cañones se fueron volviendo oscuros, las cosas se fueron borrando, hasta que el sol se apagó y ya nada pudo ser visto”.  Estas son palabras antiguas.

¿Qué tan ciertas y antiguas pueden ser estas palabras? Hace entre 70,000 y 75,000 años ocurrió el desastre de Toba en la Isla de Sumatra cuando un súper volcán entró en erupción, que produjo un invierno volcánico que duró entre 6 y 7 años, esta explosión produjo casi la extinción humana. ¿Pero sería posible que el polvo de la explosión cubriera la tierra hasta llegar a América? Según la teoría de la catástrofe de Toba, tras estos 6 o 7 años, los humanos sobrevivientes migrarían desde África hasta Europa y después poblarían América. Aunque también se cree que fuera posible que los indios americanos tuvieran su origen compartido con una migración de Asia. Estos mitos se pueden encontrar también en el monumental trabajo de Servín. Pero de ser así, este mito sería vestigio arcaico de que estos hechos fueron verídicos, que los antiguos Tarahumaras vivieron de 6 a 7 años sin sol, como si éste hubiera muerto. También sabríamos entonces que este mito tiene una antigüedad de 75,000 años.

En el mito “una familia se sumerge en una tinaja de piedra”, también tiene similitudes con “La cueva de los gentiles”, ambos mitos hablan de la segunda destrucción del mundo. En esta segunda destrucción el sol se acerca tanto a la tierra que comienza a quemarlo todo y un grupo a veces de muchos, a veces de solo una familia, se introducen en una cueva donde había agua. En otra versión que yo conseguí, se enseña que las tirutas o cobijas que ellos hacen, tienen una función sacramental en sus ritos, pero también serán las únicas que podrán salvar a los Rarámuris de una nueva destrucción del mundo, colocándolas mojadas en la puerta de las cuevas. Las cobijas de los chabochi no servirían ante esas circunstancias. Si tomamos en cuenta que la explosión de la caldera de Toba fue 3,000 veces la explosión del Santa Helena y que cubrió varios miles de kilómetros según las evidencias geológicas, es bien posible que este mito nos esté narrando cómo hicieron los tarahumaras para sobrevivir a aquello que debió tener el poder de varias bombas atómicas.

El trabajo de investigación, recuperación, traducción, recopilación, traducción comparada, filolófica y antropológica que realizó Enrique Servín para recuperar el Chilam Balam de la Tarahumara es una obra monumental, sin exagerar. Esta obra compendia y recupera la historia arcaica de una zona geológica del continente americano invaluable.  Hay toda una historia de décadas de investigación, traducción, interpretación y reorganización de dicha información para crear Anirúame. El pueblo de Chihuahua debe estar agradecido de la existencia de un ser cuyos dones casi sobrenaturales han dado  tanto a la cultura chihuahuense y a la conservación de nuestra memoria.

Y más allá de que el estado debería de reeditar este libro en una edición para que todos los chihuahuenses lo conozcan, se requiere de un reconocimiento del trabajo monolítico y monumental de un hombre mítico en la historia de Chihuahua como lo es Enrique Servín, un hombre que como dijo Rogelio Treviño, no se da cada cincuenta o cien o doscientos años. Sólo quisiera cerrar este artículo con la siguiente pregunta ¿Chihuahua dará en los próximos doscientos años a un Enrique Servín?.

Valoremos y celebremos lo que tenemos. Honor para quien honor merece.


Reneé Acosta.- Poeta, filósofa y ensayista mexicana. Ha publicado ocho libros de poesía. Ganadora de los premios Gabriela Mistral de poesía internacional, Chile 2010. Medalla José Saramago 2011. Premio AMMPE de ensayo profesional 2011. Premio Fundación Montjiuc 2013. Becaria FONCA 2009-2010. Becaria Fondo Estatal para la cultura y las artes Chihuahua 2012, 2013 y 2014. Mención Honorífica premio Francisco R. Almada 2014. Premio Hiperespacio 2016.

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