No me quiero morir sin conocer a Jon Anderson y a Steve Howe, a quienes debemos nada menos que “Close to the Edge”, una de las piezas musicales más atrevidas y perfectas que jamás se hayan escrito.
Recuerdo cuando la oí por primera vez en la Ciudad de México, que yo recién visitaba, allá por el setenta y cinco del siglo pasado. Estaba lloviznando y, desde la ventana, la Gran Tenochtitlan parecía un descomunal cuarzo verde lleno de impurezas. Aquello era, literalmente, entrar en otra dimensión.
Obra maestra del desarrollo interno y de la acentuación rítmica, “Close to the Edge” atraviesa diferentes atmósferas, genera tensiones, arabescos, penumbras y fulgores eléctricos para finalmente estallar con el regreso a uno de los temas melódicos centrales (como es frecuente en la composición musical), llevándolo hasta una forma limítrofe, máxima, de su expresión. Una joya.
No me quiero morir sin conocerlos.
¿Qué les diría?
Absolutamente nada.
Me contentaría con darles la mano y pensar: “Me tocó estar con ellos en la misma época y en el mismo planeta”
(Como en la -más bien cursi- canción de ¿Alberto Escobar?)