Enrique Alberto Servín Herrera
“Los dichos” (según reza otro dicho) “son evangelios pequeños”. Y como tantos otros, éste es por lo menos exagerado y hasta dogmático.
De hecho, me impresiona la cantidad de dichos que contienen muy poca o ninguna inteligencia: “No hay mal que por bien no venga”, como si no tuviéramos a diario evidencias de terribles males que son, por completo, callejones sin salida. “Quien mal anda mal acaba” (bueno, salvo que todos acabamos mal…). Y este otro: “la naturaleza es muy sabia”, que me parece, por supuesto, muy poco sabio. De hecho, la naturaleza es tan sabia que una sola colisión estelar acabó para siempre con los dinosaurios e hizo posible que, algunos millones de años después, fueran sustituidos por una plaga considerablemente peor: el Homo Sapiens.
Tengo un amigo que, basado en el dicho de que “la fe mueve montañas”, reza fervorosamente para que aparezcan las camisas que le pierden en la lavandería. Cuando le pregunté por qué los rezos no detuvieron ni el Holocausto ni las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, me contestó simplemente que porque “eran ciclos que tenían que cerrarse”.
En fin, como que eso que llamamos “sabiduría” es una necesidad psicológica que tendemos a llenar con cualquier ocurrencia.