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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

“Los dichos” (según reza otro dicho) “son evangelios pequeños”. Y como tantos otros, éste es por lo menos exagerado y hasta dogmático.

De hecho, me impresiona la cantidad de dichos que contienen muy poca o ninguna inteligencia: “No hay mal que por bien no venga”, como si no tuviéramos a diario evidencias de terribles males que son, por completo, callejones sin salida. “Quien mal anda mal acaba” (bueno, salvo que todos acabamos mal…). Y este otro: “la naturaleza es muy sabia”, que me parece, por supuesto, muy poco sabio. De hecho, la naturaleza es tan sabia que una sola colisión estelar acabó para siempre con los dinosaurios e hizo posible que, algunos millones de años después, fueran sustituidos por una plaga considerablemente peor: el Homo Sapiens.

Tengo un amigo que, basado en el dicho de que “la fe mueve montañas”, reza fervorosamente para que aparezcan las camisas que le pierden en la lavandería. Cuando le pregunté por qué los rezos no detuvieron ni el Holocausto ni las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, me contestó simplemente que porque “eran ciclos que tenían que cerrarse”.

En fin, como que eso que llamamos “sabiduría” es una necesidad psicológica que tendemos a llenar con cualquier ocurrencia.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Ahí les va lo que voy a gritar esta noche:

¡Vivan los pueblos ancestrales, que nos dieron tanto y que siguen haciendo mejor a este país! ¡Vivan sus lenguas y sus culturas, que nos siguen uniendo mágicamente con los orígenes! ¡Vivan los pobres, porque de ellos deberá ser el futuro! ¡Vivan las mujeres, que han soportado tanto y que siguen siéndo las creadoras y las presevadoras! ¡Vivan los diferentes, porque le abren puertas y ventanas al ser! ¡Vivan los migrantes, vengan de donde vengan! ¡Vivan los protectores de los animales, los cuidadores de los bosques, las selvas y los mares! ¡Vivan los músicos y los poetas!

¡Viva todo el mundo, en pocas palabras

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Enrique Alberto Servín Herrera

Mi abuela Julia, en cuyo tiempo se inventó la sinfonola, siguió llamándole “sinfonola” a todos los inventos que después fueron apareciendo: el refrigerador, las grabadoras, el teléfono, la televisión: para ella todos eran sinfonolas.

Mi mamá está peor: a todos les llama “chanclas”.

Yo ya llegué a esa edad de la vida. No me acostumbro a las novedades y a todas les llamo igual. ¿Cómo? En honor a mi abuela Julia, “sinfonolas”.

De hecho, yo creo que no eran necesarios tantos inventos. Con la sinfonola era suficiente…

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Enrique Alberto Servín Herrera

Como me fascinan los idiomas y las literaturas, con frecuencia he sido tachado de esnob, cosa que, por supuesto no quisiera realmente ser.

Pero en ocasiones la expresión de esas críticas ha sido graciosa, y yo también he ido aprendiendo a capotearlas.

En una ocasión, en El Paso, Texas, me encontré -en la extrañada Book Emporium, que desapareció hace algunos años-, un enorme diccionario de islandés antiguo (el idioma en el que fueron escritas las sagas y, con ellas, la primera literatura vernácula de Europa). Costaba diez dólares y claro que lo compré de inmediato.

Al enseñárselo a un amigo estadounidense, rápidamente levantó las cejas y me dijo: “Oh, that’s great, i think every Mexican should know Icelandic!”

Después de unos segundos, le contesté: “…OLD Icelandic, if you please. Every Mexican should know OLD Icelandic.”

(¿Cómo que “islandés-a-secas”?)

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Enrique Alberto Servín Herrera

Conocida millonaria norteña invitó al cronista de la ciudad a que conociera su casa. El saloncito, la sala de recibir, la sala de fiestas, etc.

Al entrar en una pieza grande, amueblada en color rojo y con chimenea, le dijo: “Esta es la biblioteca”. El cronista volteó a todas partes y luego le preguntó: “¿Y por qué le llama “biblioteca” si no hay ni un solo libro?”

La millonaria, abriendo más los ojos y levantando las cejas, le replicó: ” Es que ésta es la biblioteca, aunque no tenga libros”.

El cronista volvió a atacar: “Una biblioteca es una colección de libros, señora, no un espacio en donde alguna vez pudieran caber algunos libros”.

Al contar, ella misma, la anécdota, comentaba: “Viejo grosero. Mañana mismo me voy a comprar unos… mil libros. Y los voy a mandar empastar de rojo, para que combinen con el color de los muebles”.

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Enrique Alberto Servín Herrera

En casa de Jesús Muñoz, comiendo un ortodoxísimo pescado frito.

Yo: -Oye, Jesús, y los pescados ¿son de los que multiplicaste?

Jesús: -Sí. Pero estos me quedaron muy chicos. No sé qué estará pasando, pero entre más los multiplico, más chicos me quedan…

Yo: La geometría, Jesús, la geometría. No hay remedio…

(Es que los multiplica con cuchillo.)

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