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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

“Ah, ni qué decir. “Paris será toujours Paris, c’est la plus belle ville du monde!” No sé si usted reconozca esto ahora: es el estribillo de una vieja canción francesa, “París será siempre París, la más hermosa ciudad del mundo”. Y Bueno, así lo creí yo también, por aquellos primeros días. Paris era deslumbrante. Una ciudad que siempre aspiraba a la perfección, y por momentos la lograba. Me refiero, por supuesto, al viejo París, le Vieux París: Una ciudad pensada, proyectada, literalmente soñada; destinada a los artistas y los poetas, por lo menos todavía en aquellas décadas brillantes, en las que Europa olvidaba la guerra y se disponía a ser feliz. Una ciudad construida por los europeos, en general, y no solo por los franceses. Una imponente vitrina civilizacional, en la que los grandes proyectos políticos del continente dejaban, siglo tras siglo, su huella programada, siempre elocuente y rotunda. La monarquía absolutista y su esplendoroso Versailles; el contradictorio ideal napoleónico de la unidad europea y su Plaza de la Estrella, con su gran Arco del Triunfo en el centro; la Edad del Progreso y su elevada Torre Eiffel, como símbolo de la verdad de la ciencia y el triunfo de la tecnología. Sí, porque recorrer aquella ciudad era como activar el mecanismo giratorio de un gran caleidoscopio exterior: hacia donde uno volteara se generaba un ícono de brillantez y belleza, ya que los planeadores partieron de dos poderosos principios que afloran una y otra vez cuando uno camina por la capital francesa: la simetría y el equilibrio. Yo recorrí París, en efecto, como en un estado de hipnosis”.

[Pedro Rabel, en “Así Parece”]

(Para Noel René Cisneros y Jean Louis Silvie)

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Enrique Alberto Servín Herrera

¿Cuál es la diferencia entre una lectura de poesía en cualquier parte de China y otra en cualquier parte de México?

Que en China cada uno de los mil asistentes conocen la vida y milagros del poeta que lee, mientras que en México el poeta conoce la vida y milagros de cada uno de los diez asistentes, que no escuchan.

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Enrique Alberto Servín Herrera

La película “Roma” es una obra maestra.

Visualmente es de una transparencia y una belleza con pocos parangones en el cine contemporáneo. Un verdadero cristal: desde la escena en la que Cleo sale al patio y es captada encuadrando los diferentes vidrios de la puerta, creando diferentes imágenes dentro de la pantalla, hasta el oleaje metálico y efervescente del mar veracruzano, ya hacia el final.

La historia es sobria y casi despojada de narratividad o de trama, y sin embargo cala hondo en temas que son centrales y muy dolorosos no sólo para México, sino para el conjunto de la civilización global: la búsqueda de la libertad, el dominio del Otro y, sobre todo, la injusta y opresiva condición de la mujer. Pero, además, lo logra sin esquivar lo intrincado de las relaciones sociales, ni el hecho incomodo de que la dominación no pocas veces esconde en su interior nuevas y contradictorias maneras de dominar, y de que, en consecuencia, un oprimido resulta, con frecuencia, a su vez un nuevo opresor: “Cleo nos salvó la vida, ¿verdad? Cleo, me traes por favor un licuado de plátano?” (Es decir: Nos habrás salvado la vida, pero, antes que nada, eres sólo una india y eres nuestra sirvienta).

De manera sobria y poética Roma visibiliza la complejidad de un México cruel que sigue siendo prisionero de su historia y de sus dramas más oscuros y ancestrales. Está llena de claves y guiños. ¿Cómo interpretar los aviones que pasan por el cielo o se reflejan en los charcos del piso? Pienso, por una parte, en el hiriente “Divertimento Mexicano”, de Brodsky, pero igualmente en los aviones zurcantes de “El Libro de Cabecera”, de Greenaway. Sin embargo, mientras que los aviones de Greenaway pasan sobre el mundo relampagueante de una modelo letrada y en pleno ascenso, los de Cuarón llevan pasajeros a sus destinos sobre el submundo de una india desamada que trabaja como sirvienta.

No importa en lo más mínimo qué premios se gane o se deje de ganar, el verdadero logro es, en sí misma, esta película bella y triste que añade un nuevo hito a la historia del cine mundial.

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Enrique Alberto Servín Herrera

¿En busca de poesía fresca, original, intensa, deslumbrante? Lean “Autobiografía del Rojo” y “La Belleza del Marido”, de Anne Carson. Son simplemente geniales.

Tuve el privilegio de conocer a Anne Carson y convivir con ella por algunos días en el Centro Banff, en Canadá.

Cuando llegué a la fiesta que le ofrecía el centro, todo nervioso saqué mi cámara y comencé a tomar fotografías. De pronto me dice, como si me conociera desde hacía años: “Leave that camera away, Enrique! You’re using the camera as a shield! You’re a social cripple, just like myself…” (“Deja en paz esa cámara, Enrique. Estás utilizando la cámara como si fuera un escudo. Eres un paralítico social, igual que yo”).

De ahora en adelante pienso incluir esta anécdota en mi curriculum vitae.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Lic. Jorge Mazpúlez Pérez: –A ver, Servín… ¿Cuántas facultades tiene el Presidente de la República en materia económica?

Yo: –Cinco…

Lic. Mazpúlez: –¿Cinco? “Cinco” es el que te voy a poner en el examen. ¡Pero claro…! ¡Ahí estás escribiendo en ruso, árabe, chino!… A ver…

[toma mi cuaderno para verlo de cerca]

–¡Cáspita! ¡Sánscrito!

Como este recuerdo del extraordinario Maestro Mazpúlez (el mejor que jamás tuve), guardo muchos otros.

Siempre lo recordaré.

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