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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Bases para la Celebración de la (mía) Decrepitud:

1-La vida es un don. Celebremos cada vuelta al sol que hayamos podido dar. ¡En este caso son sesenta! (En línea recta ya iría llegando a Antares, el Sol Púrpura).

2-No se admiten regalos. El regalo es su presencia.

3-Sí se admiten, en cambio, botanas, USBs con música y alcoholcito, para que nada de eso vaya a escasear. Que el alcohol no sea de botica, por favor.

Es más… aunque sea de botica.

4-Será mañana sábado 27 de enero, a partir de las 9 de la noche y hasta las dos de la mañana.

La dirección es Avenida Politécnico 2708, Lomas la Salle, abajito del Súper Gelo’s.

(Se me olvidaba:

Cero bríndises del bohemio, cero discursos y cero lecturas de poesía chihuahuense. Pura gozadera).

Nota al pie de página:

a) No iría llegando ni al Cinturón de Kuiper, Edgar, tienes razón. Y Antares no es conocido como “el Sol Púrpura” por nadie, salvo por mí mismo, y sólo en esta publicación. Así que esas afirmaciones son lo que se llama “efectos especiales”, o exageraciones de borracho seco.

b) No tengo nada en contra de la poesía chihuahuense. Lo juro. Una y mil veces.

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Enrique Alberto Servín Herrera

La última tarde en Nueva Delhi, apenas a unas cuantas horas de tomar el avión para regresar a México, nos dirigimos a comprar libros, conocer los modernos centros comerciales de la capital y recorrer el Rajpath –ese gran paseo cuya misión era simbolizar el apogeo del imperio británico, así como la incorporación de la India en su seno: la máxima “jewel in the Crown”, como se volvió lugar común decir–. El atardecer anaranjado da un aire irreal a los rascacielos, y todo parece, una vez más, flotar en una atmósfera fantástica y ajena. Con rapidez y vértigo se van acumulando imágenes de perspectivas, monumentos y escenas urbanas; también momentáneas visiones eléctricas producidas por los anuncios de los establecimientos comerciales, que en varios alfabetos y lenguas diferentes integran a la India ancestral con el mundo moderno y con la cultura planetaria. Una pregunta resulta inevitable: ¿Cuál es el signo de este país descomunal? ¿Qué representa en tanto que una unidad compleja y hasta difícil de entender, pero al mismo tiempo innegable y evidente?

Más allá de la geopolítica, –siempre odiosa y siempre basada en el dominio del otro–, no cabe duda de que la India es uno de los países (una de las civilizaciones) más influyentes en el imaginario colectivo mundial. Después de todo, es la fuente de ideas y de talento que nos dio el Ramayana y el Mahabharata, dos narrativas que no dejan de sorprender y encantar, incluso a través de la traducción y a lo largo de los milenios (más aún: que no han dejado de fertilizar espíritus y tierras ajenas, porque desde estas dos obras han nacido después numerosas pinturas, grabados, esculturas, versiones, dramatizaciones; en lenguas tan distantes como el malayo y el javanés). Sí, la India es uno de los grandes manantiales de civilización en la historia del hombre, y tan es así, que por eso se habla de indochina e indonesia. Sin la India no sería posible entender Birmania, ni el Tíbet, ni Tailandia; ni habría podido existir Borobudur, en Java, ni la deslumbrante cultura khmer de Camboya.

Pródiga en propuestas intelectuales y científicas, ninguna otra civilización iconizó tanto al lenguaje, llegando a concebirlo como un correlato sonoro del cosmos, capaz de alterarlo y hasta corregirlo. Por lo mismo, en ninguna otra parte del mundo los sistemas de escritura fueron desde la antigüedad tan adelantados y perfectos, y en consecuencia la India nos dio el Ashtádhyayi de Panini, la primera gramática científica de una lengua y quizá la mejor realizada hasta ahora. Y desde esa fascinación por el lenguaje, nos dio a Kalidasa y a Thiruvalluvar, a Vidyapati y a Kabir, y produjo el Panchatantra que, a la manera de los dioses del hinduísmo, rencarnando primero en el idioma persa y luego en el árabe, desembocó en el relato sin fin de las mil noches y una noche.

Igualmente pródiga en visiones religiosas, la India engendró la espéndida galaxia de dioses que lleva su nombre: el Hinduísmo, aunque también al sobrio Jainismo, a la Religión Sikh y al Budismo, esa elegante e insuperada búsqueda de la paz interior, de la paz inarrebatable que, como dijera Jorge Luis Borges, es “la única religión que nunca ha desatado una guerra”. Pero igualmente vio nacer, por otra parte, la primera tradición filosófica atea de la historia, y una de las tradiciones de lógica más antiguas de las que se tiene noticia.

En torno al tema de la concepción del cuerpo, produjo la primera visión holística e individualizada del bienestar humano, algunos de cuyos capítulos más notables son la meditación, la medicina ayurvédica y el yoga. Las artes marciales y el ajedrez también parecen haberse originado en el “sub-continente” (que para efectos de su significación cultural es, por supuesto, un verdadero “continente”). Y en el ámbito del “kala” (término sánscrito que engloba a toda forma de ejecución artística) el país nos dio una de las tradiciones musicales más bellas de la historia de la cultura –la música carnática–, y quizá las tradiciones dancísticas más sofisticadas de todo el planeta: el Bharata Natyam y el Kathakali, que, como dicen en la India, “encarnan a todas las artes”.

Hablando de todo esto con Rati, de pronto la poeta de lengua hindi me interrumpe y –como se hace usualmente en su país, cuando se habla–, con una sonrisa se decide a rebatirme: “Stop worshipping India, Enrique: It’s simply a part of the world; it’s just another country”.

En lo primero, tiene razón. Y parece pertinente el subrayarlo –en un momento en el que las tensiones entre los estados y los bloques del poder mundial hacen resurgir fantasmas tan atroces como los del racismo y los suprematismos nacionalistas–. En lo segundo, se equivoca. La India no es “tan sólo un país más”. En su complejidad, en su poder de irradiación cultural y su esplendor difícilmente comparable y, sobre todo, en la fertilidad espiritual y artística que, desde hace más de cinco mil años, la han definido, la India habrá sido siempre –como Grecia, como China–, uno de los lugares en los que el espíritu humano habrá llegado más lejos. Y más alto.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Ya una vez de nuevo en el Norte, en Nueva Delhi -la gran capital de impronta urbana europea, marcada por la pompa del Imperio Británico pero también rodeada por antiguos monumentos del Sultanato de Delhi y el Imperio Moghul- rentamos un taxi para dirigirnos a Agra, hasta la que se llega a través de una dilatada llanura llena de aldeas y caseríos campesinos. La autopista es muy ancha, funcional y podría estar en cualquier país desarrollado. Los grandes árboles se alternan continuamente con numerosas construcciones rurales y pequeños santuarios, y la densa bruma, que no cesa a todo lo largo de cientos de kilómetros, concede un aspecto por completo irreal al paisaje. Neblina, bosque, campos de labranza, pequeñas torres de templos. Mirando hacia el horizonte, la presencia constante es un inmenso sol anaranjado que yo no había visto nunca en ninguna otra parte.

Como en el caso de otras ciudades de la India, a Agra se llega a través una zona polvorienta y desordenada. Puesto que en el país los animales son muy respetados, un alto porcentaje de la población no consume ningún tipo de carne (me había llamado mucho la atención, atrás, en Nueva Delhi, una campaña publicitaria cuyos letreros, de excelente diseño y colocados en un centro comercial moderno, difundían: “Si bebes leche estás separando a un becerrito de su madre: Di no al consumo de leche”). Por razones análogas, el tráfico vehicular es con frecuencia interrumpido por grupos de perros, chivas o grandes vacas, que de un momento a otro pueden echarse a descansar en cualquier parte. Pronto uno descubre también changos, subiendo y bajando por las paredes de los monumentos; ágiles, seguros de sí mismos y con los ojos de un hermoso color dorado.

Al llegar el visitante al parque que conduce a los monumentos de Agra, los changos corren, se pelean o simplemente se sientan en grupos sobre las bancas originalmente pensadas para sus parientes lejanos. Pero, a esa altura del recorrido, el visitante ya no se deja distraer por ellos; el visitante ya no hace sino buscar inquieto, entre los árboles, la silhueta de las celebres construcciones de la Era Moghul, y muy pronto llega hasta unas hermosas murallas de cantera roja por las que se accede al complejo de los mausoleos imperiales. Escuchando decenas, o quizá centenares de idiomas enltre las personas que van en la fila, pronto se pasa una serie de pórticos que conducen a patios, jardines e imponentes edificios. De pronto, al voltear a la izquierda, se ve un espacioso zaguán en cuyo fondo se abre una gran puerta de piedra. Detrás se alcanza a ver, muy a lo lejos, algo blanquísimo.

Es difícil narrar la experiencia de conocer el más famoso de los monumentos no sólo de la India, sino quizá, como alguna vez se ha dicho, del mundo entero: el Taj Mahal. Ahora se ha puesto de moda criticarlo y relativizar su importancia arquitectónica. Se dice, por ejemplo, que su impresión general resulta “demasiado dulce” y que buena parte de su fama se debe a la narrativa mitologizante dentro de la cuál se le concibe en la imaginación popular: la de la historia de amor trágico entre el emperador Sháh Jahán y su esposa preferida Mumtaj Mahal, de cuyo apodo se origina, precisamente, el nombre del edificio. En la India misma, se le considera como una construcción muy poco típica de la tradición autóctona, ya que se trata, como se sabe, de un mausoleo de arquitectura persianizada, concebido en un contexto cultural islámico. Nada de esto puede importar en lo más mínimo cuando, de pronto, se cruza ese pórtico de piedra sombría y el Taj Mahal aparece a lo lejos, radiante, como si fuera un amanecer labrado en mármol.

Entonces uno desciende una escalinata y comienza a caminar a un lado de un hermoso espejo de agua que refleja, tembloroso, al edificio, viendo pasar a las mujeres -con sus saríes deslumbrantes, atravesados por franjas de azul o verde oro-, y avanzando lentamente hacia aquel enorme prodigio de ingravidez y de belleza asombrosa. Pureza, limpidez, armonía absoluta. Si la intención de Sháh Jahán y sus arquitectos fue la de transmitir en piedra una cifra monumental del amor más decantado, lo lograron con creces. No puedo pensar en otras obras de la imaginación humana dedicadas a este tema que alcancen las mismas alturas de complejidad y de orden. La Divina Comedia, del Dante, seguramente. Quizá ninguna otra. Conforme se sigue avanzando, el edificio se agiganta. Al subir a la plataforma sobre la que se levanta el cuerpo central del mausoleo y entrar en él, la delicadeza y la precisión alcanzan el paroxismo: una celosía de mármol incrustada de piedras semi preciosas, labra a la perfección un entramado de enredaderas, flores y pájaros que deja ver del otro lado, entre los pétalos y las ramas, los cenotafios de los amantes.

Desde hacía muchos años yo había visto numerosas fotografías del Taj Mahal, tomadas desde todos los ángulos, y había leído y escuchado descripciones de todo tipo. Sin embargo es imposible hacerse una idea cabal de la magnitud de sus espacios y de sus diferentes elementos arquitectónicos hasta no llegar hasta él. Una vez allí enfrente, el Taj Mahal, en lugar de pertenecer a la tierra, parece más bien un fenómeno celeste. Uno piensa en cosas como los cúmulos y los nimbos. Pero cuando se sale del recinto principal y se alcanza la parte posterior, una sorpresa más nos queda todavía reservada: la fachada norte del edificio, que es la parte posterior, da a un gran río y a un bosque que, hasta ahora, y para fortuna de todos, ha sido preservado. “Basta: dejad hablar al viento” -nos dice Ezra Pound al final de sus Cantos-, “Ese es el paraíso”.

Es perfectamente comprensible que, desde su construcción, una obra como el Taj Mahal haya suscitado la admiración unánime, y que haya dado origen a innumerables citas y comparaciones de todo tipo. El ex-presidente estadounidense William Clinton comentó en alguna ocasión, en relación a esa unanimidad, que los seres humanos se dividen entre “los que han admirado el Taj Mahal en las fotografías y los que lo han admirado al conocerlo”; el poeta inglés Edwin Arnold escribió que no se trataba de arquitectura, sino de “la pasión amorosa de un rey tejida en piedra”; se dice que el mismo Sháh Jahán, su constructor, anotó que esa “mansión expresa la gloria de Alá”. Pero tal vez el elogio más bello que hasta ahora se haya hecho de este prodigio sin igual se deba al poeta bengalí Rabindranath Tagore, quien, en un verso justamente célebre, declaró de manera insuperable que el Taj Mahal está destinado a ser, por los siglos de los siglos, “una lágrima en la mejilla del tiempo”.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Después de despedirnos de Rati Saxena, a quien siempre le estaré agradecido, rentamos un taxi y nos dirigimos, de noche, a Madurai, una de las antiguas capitales tamiles y uno de los grandes centros de la literatura y el arte del sur dravidiano. El camino fue alucinante: atravesando laberintos de construcciones, oyendo la mezcla de malayalam y tamil con la que trataba de orientarse el conductor y enfrentándonos a la aglomeración de aldeas y pueblos que resulta gran parte de la India. Llegamos a Madurai las tres de la mañana, entre vacas dormidas, en medio de una ciudad extraña y muy silenciosa (algo inusual en el sub-continente, salvo si se llega a horas parecidas).

Por la mañana, desde el sexto piso, me asomé y descubrí, más bien cerca, los gópuram del Templo de Minakshi, una de las diosas de la misericordia. Había visto fotografías desde muy joven: nunca me imaginé el tamaño descomunal de esas estructuras que, como dice García Morineau, parecen verdaderas cascadas de dioses en piedra. A los pocos minutos ya estábamos allí abajo, contemplando, mirando como los personajes nacen unos de otros, en una maravillosa metáfora escultórica de la idea del avatar, hasta caer sobre el espectador.

El interior del templo, también inmenso y al que se tiene que acceder descalzo, es una dilatada parrilla de galerías, altares deslumbrantes y patios que simbolizan los ideales del Hinduísmo. Los cientos de estatuas lo convierten en un portentoso libro arquitectónico en el que los principales aspectos de la vida y la muerte toman la forma de personajes eternos: El dios subyacente, sus avatares: el creador, el preservador, el destructor. Por todas partes se ven ofrendas y el espacio umbrío y fresco huele a aceites esenciales y a flores.

De pronto, un sonido de tambores y trompetas nos asustó y desde un corredor interior varios personajes rapados y con las caras rayadas de ceniza nos ordenaron que nos hiciéramos a un lado: “¡Viene el dios, viene el dios!”. Luego salieron, trotando, varios hombres que cargaban a cuestas una estatua dorada y cubierta de guirnaldas de flores. Los fieles corrieron detrás del cortejo, entre gritos y música. Fue como retroceder (¿o avanzar?) tres mil años hacia el pasado. Porque el tiempo se diluye, en espacios como ese, y porque la parte más antigua del maravilloso Templo de Minakshi fue comenzada hace tres mil años, nada menos. La India es así.

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Enrique Alberto Servín Herrera

El día de la visita a los huérfanos a quienes habríamos de leerles poemas, recorrimos varios kilómetros desde la costa, llena de unas palmeras enormes, hasta la falda de unas montañas tupidas de vegetación. El ashram en el que viven los niños es un conjunto de edificios nuevos que incluye salas de meditación, comedores, dormitorios, una librería y dos estanques con lotos y pequeñas estatuas de dioses. Varios de los componentes arquitectónicos son en realidad, como tantos edificios en Kerala, pabellones sin paredes, que simplemente generan sombra y aprovechan la brisa que llega desde el mar.

Para comenzar la sesión, un poeta de la India cantó (y actuó) un poema tradicional en malayalam, moviendo energéticamente los brazos y la cabeza, casi como si bailara, así que los niños, sentados a la sombra del pabellón, soltaban carcajadas y aplaudían a cada movimiento, mientras el resto de los poetas, que no entendíamos nada, tomábamos fotografías o simplemente disfrutábamos de la escena y del bellísimo lugar. Al terminar esa participación, Rati Saxena nos invitó a los demás a leer más poemas o a dirigirles unas palabras a los niños.

Después de varias lecturas -yo recité a Darío, porque el estar en la India y junto al mar me recordó sus versos extraordinarios “Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar, tu acento” y “Este era un rey que tenía / un palacio de diamantes, un kiosco de malaquita, un rebaño de elefantes y un gran manto de tisú…”-, el poeta Ataol Behramoglu, un hombre de unos setenta y tantos años, pasó al frente y. mediante un traductor, les dijo a los niños: “Yo ahora no voy a leerles nada. Sólo voy a compartirles una certeza que me acaba de llegar al corazón”.

“Vengo de un país que se llama Turquía y que hasta antes de la Primera Guerra Mundial era uno de los países más grandes del mundo. Abarcaba el Norte de África, el Levante, la Península Arábiga, Anatolia y los Balcanes: un mundo entero. Esa guerra nos hizo perder todos esos territorios, hasta quedarnos tan sólo con Anatolia, de manera que ahora somos un país más bien pequeño. Pero nada de esto tiene ninguna importancia. Ser un país pequeño no tiene importancia. Perder tierras, edificios, costas, influencia, no tiene ninguna importancia. Lo malo de las guerras es que nos hacen perder gentes. Nos hacen perder mujeres y hombres; ancianos y ancianas; las guerras nos hacen perder niñas y niños. Y eso sí es verdaderamente terrible. Eso es lo peor que nos puede pasar a los seres humanos.”

“Y durante esa guerra Turquía perdió muchos cientos de miles de personas, de todas las edades. Y entre ellos se encontraban mi abuelo y mi abuela, los padres de mi padre, que en esa época era apenas un jovencito sin estudios. Así que mi padre se quedó huérfano como ustedes, y de la noche a la mañana tuvo que trabajar muy duro para poder comer, y para poder darles de comer a sus tres hermanos, que eran menores que él”.

“Entonces mi padre trabajó de bolero, de barrendero, de mensajero y de muchas otras cosas más. Y no sólo les dio de comer a sus hermanos, sino que además les dio educación y los hizo ser gente productiva y amada: uno de ellos llegó a ser un ingeniero famoso, otro un abogado de mucho éxito, y mi tía llegó a ser bibliotecaria. Y los tres se casaron y fueron amados y tuvieron vidas largas y razonablemente felices”.

“Y ahora que yo los miraba a ustedes aquí sentaditos; ahora que los veía divertirse y escuchaba sus carcajadas y veía sus sonrisas y la luz de sus ojos, una certeza me vino al corazón: la certeza profunda de que ustedes, todos y cada uno de ustedes algún día también van a poder estudiar, también van a poder encontrar gente que los quiera y también van a poder ser felices. Esto es lo único que yo les quería compartir”.

Ese momento, entre el mar y las montañas, en un ashram, en medio de un bosque, fue el verdadero poema.

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Enrique Alberto Servín Herrera

No tiene sentido (y no resulta posible) idealizar a este país inmenso, multiforme y terriblemente contradictorio. Bajo la India de los mega-aeropuertos, las súper-carreteras y los institutos de investigación avanzada, subyace, casi en todas partes, una India de barriadas miserables, llenas de polvo y basura. La mendicidad es más común que quizá en ningún otro lugar del mundo y la improvisación en el crecimiento de las ciudades ha generado una cultura demencial del tráfico urbano. Si la India de los salones y los templos una y otra vez huele a incienso y a flores, en las ciudades casi siempre “suena” a motores acelerados y claxons incesantes.

La pobreza extrema, tan visible, tiene un origen antiguo y complejo. Por una parte, el país ha sido, desde hace más de seis mil años, un lugar propicio para el asentamiento y el desarrollo de las comunidades humanas, cuya población no ha dejado, casi continuamente, de crecer. Actualmente se trata del segundo país más poblado del planeta, y es posible que pronto pase a ser el primero. De manera que el agotamiento de los recursos y la competencia por los mismos ha sido, seguramente, una de las causas de la pobreza.

Por la otra parte, la ideología de castas -cuyo origen tal vez sea la conquista indoeuropea y cuya naturaleza es, desde hace muchos siglos, fuertemente religiosa-, genera una inmovilidad social que perpetúa las enormes diferencias económicas. Es cierto que el sistema de castas ha sido combatido desde la Independencia mediante un vigoroso programa de acción afirmativa, pero aún ahora, según me comentan algunos amigos, “nadie casa a sus hijas fuera del sistema de castas”. Las guerras internas y las conquistas posteriores (entre ellas la fuertemente opresiva del Imperio Británico, que destruyó productivos sistemas económicos locales y los sustituyó por descomunales negocios, expoliadores y usureros), completaron el panorama de la pauperización masiva.

Pero más allá de esta circunstancia, y a través de numerosos detalles que se van acumulando a lo largo de la experiencia del viaje (el evidente desarrollo de una intensa cultura de los sentidos; la increíble cortesía de la gente; la sofisticación de la música, el teatro, la literatura y -sobre todo- la danza; la variedad y la delicadeza de la gastronomía; la existencia del yoga, las artes marciales y las diferentes formas de la meditación) muy pronto nos confirman (o nos convencen de) que estamos ante una avanzadísima civilización, en muchos aspectos superior a cualquier otra del mundo.

Porque, en efecto, la India no es tan sólo otro país, es, por completo, otra civilización (es decir: un conjunto de rasgos culturales avanzados que dan origen a una cosmovisión particular y a una actitud específica ante la vida). Una civilización deslumbrante, sensual, asombrosamente fina.

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