Ya una vez de nuevo en el Norte, en Nueva Delhi -la gran capital de impronta urbana europea, marcada por la pompa del Imperio Británico pero también rodeada por antiguos monumentos del Sultanato de Delhi y el Imperio Moghul- rentamos un taxi para dirigirnos a Agra, hasta la que se llega a través de una dilatada llanura llena de aldeas y caseríos campesinos. La autopista es muy ancha, funcional y podría estar en cualquier país desarrollado. Los grandes árboles se alternan continuamente con numerosas construcciones rurales y pequeños santuarios, y la densa bruma, que no cesa a todo lo largo de cientos de kilómetros, concede un aspecto por completo irreal al paisaje. Neblina, bosque, campos de labranza, pequeñas torres de templos. Mirando hacia el horizonte, la presencia constante es un inmenso sol anaranjado que yo no había visto nunca en ninguna otra parte.
Como en el caso de otras ciudades de la India, a Agra se llega a través una zona polvorienta y desordenada. Puesto que en el país los animales son muy respetados, un alto porcentaje de la población no consume ningún tipo de carne (me había llamado mucho la atención, atrás, en Nueva Delhi, una campaña publicitaria cuyos letreros, de excelente diseño y colocados en un centro comercial moderno, difundían: “Si bebes leche estás separando a un becerrito de su madre: Di no al consumo de leche”). Por razones análogas, el tráfico vehicular es con frecuencia interrumpido por grupos de perros, chivas o grandes vacas, que de un momento a otro pueden echarse a descansar en cualquier parte. Pronto uno descubre también changos, subiendo y bajando por las paredes de los monumentos; ágiles, seguros de sí mismos y con los ojos de un hermoso color dorado.
Al llegar el visitante al parque que conduce a los monumentos de Agra, los changos corren, se pelean o simplemente se sientan en grupos sobre las bancas originalmente pensadas para sus parientes lejanos. Pero, a esa altura del recorrido, el visitante ya no se deja distraer por ellos; el visitante ya no hace sino buscar inquieto, entre los árboles, la silhueta de las celebres construcciones de la Era Moghul, y muy pronto llega hasta unas hermosas murallas de cantera roja por las que se accede al complejo de los mausoleos imperiales. Escuchando decenas, o quizá centenares de idiomas enltre las personas que van en la fila, pronto se pasa una serie de pórticos que conducen a patios, jardines e imponentes edificios. De pronto, al voltear a la izquierda, se ve un espacioso zaguán en cuyo fondo se abre una gran puerta de piedra. Detrás se alcanza a ver, muy a lo lejos, algo blanquísimo.
Es difícil narrar la experiencia de conocer el más famoso de los monumentos no sólo de la India, sino quizá, como alguna vez se ha dicho, del mundo entero: el Taj Mahal. Ahora se ha puesto de moda criticarlo y relativizar su importancia arquitectónica. Se dice, por ejemplo, que su impresión general resulta “demasiado dulce” y que buena parte de su fama se debe a la narrativa mitologizante dentro de la cuál se le concibe en la imaginación popular: la de la historia de amor trágico entre el emperador Sháh Jahán y su esposa preferida Mumtaj Mahal, de cuyo apodo se origina, precisamente, el nombre del edificio. En la India misma, se le considera como una construcción muy poco típica de la tradición autóctona, ya que se trata, como se sabe, de un mausoleo de arquitectura persianizada, concebido en un contexto cultural islámico. Nada de esto puede importar en lo más mínimo cuando, de pronto, se cruza ese pórtico de piedra sombría y el Taj Mahal aparece a lo lejos, radiante, como si fuera un amanecer labrado en mármol.
Entonces uno desciende una escalinata y comienza a caminar a un lado de un hermoso espejo de agua que refleja, tembloroso, al edificio, viendo pasar a las mujeres -con sus saríes deslumbrantes, atravesados por franjas de azul o verde oro-, y avanzando lentamente hacia aquel enorme prodigio de ingravidez y de belleza asombrosa. Pureza, limpidez, armonía absoluta. Si la intención de Sháh Jahán y sus arquitectos fue la de transmitir en piedra una cifra monumental del amor más decantado, lo lograron con creces. No puedo pensar en otras obras de la imaginación humana dedicadas a este tema que alcancen las mismas alturas de complejidad y de orden. La Divina Comedia, del Dante, seguramente. Quizá ninguna otra. Conforme se sigue avanzando, el edificio se agiganta. Al subir a la plataforma sobre la que se levanta el cuerpo central del mausoleo y entrar en él, la delicadeza y la precisión alcanzan el paroxismo: una celosía de mármol incrustada de piedras semi preciosas, labra a la perfección un entramado de enredaderas, flores y pájaros que deja ver del otro lado, entre los pétalos y las ramas, los cenotafios de los amantes.
Desde hacía muchos años yo había visto numerosas fotografías del Taj Mahal, tomadas desde todos los ángulos, y había leído y escuchado descripciones de todo tipo. Sin embargo es imposible hacerse una idea cabal de la magnitud de sus espacios y de sus diferentes elementos arquitectónicos hasta no llegar hasta él. Una vez allí enfrente, el Taj Mahal, en lugar de pertenecer a la tierra, parece más bien un fenómeno celeste. Uno piensa en cosas como los cúmulos y los nimbos. Pero cuando se sale del recinto principal y se alcanza la parte posterior, una sorpresa más nos queda todavía reservada: la fachada norte del edificio, que es la parte posterior, da a un gran río y a un bosque que, hasta ahora, y para fortuna de todos, ha sido preservado. “Basta: dejad hablar al viento” -nos dice Ezra Pound al final de sus Cantos-, “Ese es el paraíso”.
Es perfectamente comprensible que, desde su construcción, una obra como el Taj Mahal haya suscitado la admiración unánime, y que haya dado origen a innumerables citas y comparaciones de todo tipo. El ex-presidente estadounidense William Clinton comentó en alguna ocasión, en relación a esa unanimidad, que los seres humanos se dividen entre “los que han admirado el Taj Mahal en las fotografías y los que lo han admirado al conocerlo”; el poeta inglés Edwin Arnold escribió que no se trataba de arquitectura, sino de “la pasión amorosa de un rey tejida en piedra”; se dice que el mismo Sháh Jahán, su constructor, anotó que esa “mansión expresa la gloria de Alá”. Pero tal vez el elogio más bello que hasta ahora se haya hecho de este prodigio sin igual se deba al poeta bengalí Rabindranath Tagore, quien, en un verso justamente célebre, declaró de manera insuperable que el Taj Mahal está destinado a ser, por los siglos de los siglos, “una lágrima en la mejilla del tiempo”.