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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Las reacciones de tantos estadounidenses lúcidos y solidarios frente a la crisis de los menores que fueron separados de sus familias por motivos de deportación, han sido muy conmovedoras y nos recuerdan aquella vieja lección que fue magistralmente fraseada por Sófocles, hace ya más de dos milenios: Hay leyes que están por encima de las leyes.

Por otra parte, la cobardía con la que el gobierno mexicano enfrentó la terrible situación da vergüenza y debe ser motivo de indignación. ¿En manos de quién se está? ¿Cuál es la verdadera naturaleza del estado mexicano?

Detener a un desquiciado como Trump debe ser tarea de todos, ya que su inferioridad moral y su terrible poder son una amenaza para todo el planeta. Porque habría, por supuesto, otra importantísima lección que recordar: la del ascenso de Hitler al poder, con las terribles consecuencias que tuvo la incapacidad de actuar a tiempo por parte de los individuos, grupos y naciones que simplemente lo dejaron crecer.

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Enrique Alberto Servín Herrera

La utilidad de las etimologías es uno de esos asuntos que, por momentos, tiene algo de artículo de fe. “Pelón” significa etimológicamente “de pelo grande”. La Real academia de la lengua española establece que “tocayo” deriva de la fórmula latina “tu, Caius”, siendo que en náhuatl “tocayo” (sin ningún cambio) significa “nuestro nombre”. Un amigo mío, profesor de la materia por algún tiempo, proponía que la palabra Nicaragua provenía del lituano “nekaraugus”, que, supuestamente (y aunque yo no logre encontrarla en los diccionarios) significa “sin rey”. El por qué de este significado, así como la relación entre Lituania y Nicaragua, es algo que ni los lituanos que conozco ni mi amigo han podido explicarme; los primeros quizá por falta de interés en el tema, y el segundo por estar ya descansando en el panteón.

Como yo mismo enseñé etimologías cuando, a falta de mejor trabajo, di clases en las preparatorias, ahora siento un poco de vergüenza por haber formado parte de esa monstruosa maquinaria que resulta nuestro descoyuntado sistema educativo.

Por lo demás, yo seguiré soñando, como los cabalistas, con un orden ideal en el que las palabras no sólo nos aclaren su significado desde sus mismas raíces, sino que nos concedan el poder para acceder a las a veces inalcanzables realidades que nombran. Un idioma en el que cada posible frase resultara un conjuro.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Lengua de Cornualles

Sesenta y cinco años tengo

y soy un pescador pobre;

aprendí la lengua cuando era un muchacho.

Me hacía a la mar con mi padre y con otros cinco más.

Por una semana entera no oía una palabra de inglés.

Nunca he visto un libro escrito en la lengua.

Yo la aprendí adentrándome, con viejos, al mar

los cuatro o cinco nuestros que todavía la saben;

ancianos de casi ochenta años de edad.

La lengua de Cornualles, que ya ningún joven habla.

[William Bodinar, 1776]

[El texto que ahora comparto es en realidad una carta, escrita hace ya dos siglos y medio. Pero funciona bien como un verdadero poema. Un poema sobre mundos y signos que se desvanecen.]

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Enrique Alberto Servín Herrera

(Luli Carrillo, en una fiesta, hace décadas:)

–No sé por qué tanta atención a Raisa Gorbachova, nomás porque se maquilla y aparece en público con abrigos de pieles…

(Sergio Fernández, el antigurú de todos los antigurúes, gritando desde el otro lado de la fiesta:)

–¡Claro que Raisita sí tiene un lugar en la Historia! Antes de ella todas las primeras damas rusas eran de bigote y verruga… ¡con pelo incluido!

(Tenso silencio. Después de unos segundos, Sergio remata:)

–Cuando Khruschov salía al balcón del Kremlin… nadie podía saber cuál era Khruschov y cuál era la esposa…

(Como es de entenderse, lluvia de carcajadas.)

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Enrique Alberto Servín Herrera

En una ocasión, en Bisbee, Arizona (que debe tener una de las concentraciones de vegetarianos más altas de todo el mundo) durante una comida le ofrecí tocino frito a una de las comensales.

Haciendo gala de su incipiente castellano, me dijo: “Perdóunamei, pero ¡yo no cóumo nadda que tenga ojos!”. Luego me ofreció, retadora, la charola de la ensalada.

Entonces le contesté: “Ahora perdóname tú a mí, ¡pero yo no como nada que tenga hojas!”.

Años después me enteré que ella había relatado la anécdota a otros amigos en común, añadiendo al final: “That son of a bitch must have been waiting for years, in search of the right moment to utter that sentence!”.

Juro por todos los dioses que se me ocurrió en ese mismo momento (y que me salió del alma).

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