Felicidades a todos: México abre una fase nueva en la historia de su democracia.
De las teocracias antiguas pasamos a la monarquía imperial española, luego a las presidencias monárquicas y a la dictadura de partido, hasta llegar, con más pena que gloria, al modelo de “alternancia dirigida” (propongo ese nombre), del PRIAN.
Ahora por fin entramos en un esquema de verdadera alternancia partidista, que necesariamente es plural y que incluye, por fin, a la izquierda mexicana.
Recordemos aquí que todos los países que han logrado altos niveles de igualdad y de prosperidad compartida cuentan con una izquierda poderosa y copartícipe del poder.
Pero la alternancia partidista ni consuma a la democracia ni garantiza por sí misma un país más justo y más libre.
Lo que sigue es algo mucho más difícil: la consolidación de la ciudadanía, es decir, la participación activa y constante de una amplia mayoría nacional en los procesos de elaboración y cumplimiento de leyes justas e igualitarias; de vigilancia efectiva de las autoridades y, sobre todo, de reconocimiento del cuerpo colectivo en toda su enorme diversidad.
Ninguno de los candidatos tocó este último tema con el debido detenimiento.
Un México democrático debe partir del reconocimiento de las sociedades indígenas y de su inclusión política en la estructura constitucional. Es la hora de retomar con valentía el tema de las autonomías indígenas, que debe, por supuesto, incluir los renglones del territorio y el de la delimitación de una jurisdicción específica, que garantice el manejo de recursos propios y, en consecuencia, la estabilidad y la viabilidad sociales.
No hay deuda histórica más urgente que esta.