Saltar al contenido

Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Murió Juan Luis Sariego, después de una valiente y prolongada lucha contra el cáncer.

No sé qué voy a extrañar más: si al intelectual, agudo e informado; al humorista, que sabía aligerar los aspectos difíciles de la realidad con un comentario ágil y gracioso; al familiar, increíblemente generoso y solidario. Una generosidad que, por cierto a él siempre le gustaba disimular, con una gran discreción.

Juan Luis fue uno de los personajes que más contribuyó a la creación y consolidación de la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, un proyecto que ya ha generado cambios muy positivos en nuestra sociedad. Su “Historia del Indigenismo en Chihuahua”, para citar tan solo una de sus obras, es una mirada de conjunto a las diversas políticas que han sido ejercidas hacia las minorías étnicas en una de las regiones más criollistas del país, y el surgimiento de un interés creciente por las culturas y las lenguas indígenas de Chihuahua está muy relacionado con sus enseñanzas y con las directrices que él mismo diseñó para la escuela de antropología.

Hombre responsable y muy productivo, estuvo trabajando en un nuevo libro suyo hasta hace apenas unos pocos días, cuando ya la enfermedad lo había postrado. Al comentársele que tenía que descansar, respondía de buen humor: “Si me muero, que sea con las botas puestas…”, un dicho que tal vez recordara de sus experiencias e investigaciones en el mundo de los mineros (tema en el que, por cierto, era el gran experto a nivel nacional).

El sábado pasado llevé al reconocido lingüista José Luis Moctezuma a que lo saludara al hospital. Juan Luis estaba ya muy débil y cansado y apenas si pudo abrir los ojos y sonreír. Al salir del cuarto, José Luis Moctezuma me comentó: “Gracias por haberme traído, porque me devuelvo a Sonora con el tesoro de esa última sonrisa de mi amigo”.

Maestro incomparable, Sariego deja un admirable ejemplo de equilibrio, amor por el trabajo y compromiso para con los demás. No habremos de olvidarlo.

(Para quienes quieran acompañarlos, el cuerpo estará en “Mausoleos Luz Eterna”, a partir de las tres de la tarde)

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)

Enrique Alberto Servín Herrera

“Cuando yo era un niño chiquito las cosas eran muy diferentes en esta tierra,

y cuando mi papá era niño las cosas eran todavía mucho más diferentes.

Antes los Pie Negro éramos cazadores, buscábamos manadas de alces o de búfalos, y cuando las encontrábamos, las considerábamos como propias.

Si otra gente llegaba por la misma manada, nos peleábamos con ellos, los corríamos, los hacíamos que se fueran a buscar su comida en otra parte.

No era un mundo perfecto.

Éramos peleoneros, conflictivos.

La vida era difícil, había que trabajar mucho para lograr cualquier cosa.

Si conseguíamos carne y la queríamos guardar en verano, había que subirse hasta un lugar en algún cerro en el que todavía hubiera un poco de nieve, en donde no la pudieran encontrar los animales.

Si queríamos avisarle algo a una persona que vivía lejos, había que ir a buscarla hasta allá, donde estuviera.

Oscurecía temprano en invierno, y no había más manera de tener luz que encendiendo una fogata, o una lámpara.

Pero estábamos a gusto en esta tierra.

Las cosas funcionaban.

No éramos una gente ignorante, sabíamos muchas cosas. No teníamos universidades, pero la vida entera era como una universidad. Teníamos que distinguir muchas plantas, muchas raíces, muchas bayas.

Había unas cebollas idénticas, casi idénticas, pero una se comía y la otra era venenosa, y la única manera de saber cuál era cuál, era oliendo las raíces, recién arrancadas. Algunas hojas curaban, otras enfermaban de gravedad. La gente aprendía muchas cosas, siempre.

Si alguien tenía un problema muy fuerte, la gente se juntaba. Llegaban el jefe y el chamán, hacían una ceremonia, cantábamos. Entonces el chamán hablaba con los muertos; le decía al del problema: –Ya estoy hablando con tu mamá, dice que has estado tratando muy mal a tu hermana, que ya no la trates mal, que te compongas, que ya no tomes tanto–. Y entonces el del problema lloraba o pedía perdón, y las cosas se componían.

Un día llegaron los blancos y nos dijeron: –Ya no pueden estar aquí, esta tierra no es suya, esta tierra es un parque nacional, ya no pueden vivir en las tiendas, tienen que irse a vivir en cabañas, del otro lado del valle–. Y nos sacaron por la fuerza.

Luego comenzaron a llevarse a los niños a los internados, comenzaron a dividir a las familias.

Yo vivía con mi abuela, porque mi madre había muerto cuando yo era chiquito. Ella nos mantenía, a mí y a mi hermana. Juntaba comida, o se iba hasta Calgary para pedir dinero, o para buscar ropa vieja. Si se encontraba un suetercito sucio tirado lo lavaba y lo arreglaba, y así nos vestía. Por eso, aunque ya hace tantos años que ella se fue, yo la sigo llevando aquí, en la frente. Y no hay un solo día en que yo no me acuerde de ella.

Pero sufría mucho. Estaba muy vieja. Ya no podía trabajar.

Un día llegó un agente del gobierno a caballo. Se bajó. Le dijo a mi abuela: –Este niño ya no se puede quedar aquí, tiene que irse al internado en Calgary, si no va usted y lo lleva para tal día, vamos a volver nosotros para llevárnoslo a la fuerza–.

Tenía los ojos azules, me acuerdo.

Era la primera vez que yo veía unos ojos azules.

Y mi abuela se quedó muy triste, pensando mucho. Pero luego me dijo: –Tal vez sea lo mejor para ti; te van a enseñar muchas cosas, te van a dar de comer, vas a traer muy buena ropa de ahora en adelante; porque yo ya estoy muy vieja, y muy pronto yo ya no te voy a poder ayudar–.

Así que llegó el día y mi abuela me despertó desde mucho antes de que amaneciera. Me tomó de la mano y empezamos a caminar.

Llevaba una lata en las manos, y se fue juntando bayas todo el camino.

–¿Para qué quieres las bayas?– le pregunté. –Porque quiero te tengas amigos allí, desde el primer día; tú se las vas a ofrecer a los demás niños–, me dijo. Y seguimos caminando hasta llegar al internado.

Allí nos recibió una mujer vestida de blanco, como si fuera una enfermera.

Tenía los ojos azules.

Era la segunda vez que yo veía unos ojos azules.

Luego escribió unas cosas en unos papeles y dijo: –Pásale, pero esto no se puede quedar aquí–, y tomó la lata con las bayas que mi abuela había ido juntando por el camino y las tiró todas a la basura. Y yo me solté llorando.

Entonces mi abuela se acercó y me dijo: –No llores, yo voy a estar viniendo a visitarte muy seguido–. Pero yo sabía que eso no era verdad, yo sabía que aquella era la última vez que la veía.

Y fue cierto. Ya no volví a verla nunca.

La enfermera me llevó hasta un rincón y me dijo: –Es por tu bien. Y ya no llores. Olvídate de tu gente. Son ignorantes. Aquí vas a aprender las maneras del hombre blanco–. Y me bañaron, me cortaron el pelo y me llevaron a un cuarto con literas.

Así que yo no paraba de llorar.

Hasta que oí una voz de la cama de arriba: –Cálmate, te vas a acostumbrar pronto–.

Pero yo apenas cerraba los ojos y recordaba los ojos de la enfermera, y pensaba: Odio los ojos azules, odio los ojos azules.

Ahora ya no odio los ojos azules.

Ahora ya no odio nada.

Trato de no odiar nada.

Los blancos llegaron y lo que hayan traído, lo trajeron, y ya.

Trajeron muchas cosas malas. Enfermedades. Armas. Internados.

Trajeron también cosas buenas.

Trajeron la electricidad, y ahora tenemos luz a todas horas.

Trajeron los refrigeradores, y ahora ya no tenemos que subir hasta los cerros para esconder la carne en la nieve.

Trajeron muy buena medicina.

Yo ahora me tomo unas pastillas para el corazón y eso es lo que me mantiene vivo, pero antes también teníamos muy buena medicina, y no costaba nada. La levantábamos del suelo.

Antes distinguíamos una raíz de la otra, por el olor, nada más.

Trajeron teléfonos para hablar con las personas que están lejos, como este, que me regaló mi hijo, y que ni siquiera sé usar bien. Y si tú te vas hasta México, desde acá yo voy a poder hablar contigo.

Pero antes también podíamos hablar con las gentes que ya se habían ido.

Antes podíamos hablar con los muertos.”

[De una entrevista con el Sr. Tom Crane Bear, Jefe de la Nación “Pie Negro”,

en Banff, Alberta, Canadá. Enrique Servín]

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)

Enrique Alberto Servín Herrera

Comenta Miriam Moscona con admiración la rápida reacción del pueblo y el gobierno franceses en relación al atroz atentado terrorista en contra de la revista “Hebdo”, y subraya el hecho de que en México, a varios meses de la desaparición, tortura y casi segura eliminación de los normalistas de Ayotzinapa, todavía no tengamos culpables. ¿Falta de movilización ciudadana?

Pero no es que en México falte capacidad de movilización ciudadana: en numerosas ocasiones (durante los fraudes electorales de las elecciones presidenciales de 1988, 1994 y 1990, por ejemplo) la ciudadanía se ha movilizado, y de forma masiva, como en Francia, o incluso más. Las manifestaciones públicas del pueblo de México han logrado reunir a millones de personas en calles y plazas, y seguramente se cuentan entre las más grandes que se hayan visto en el mundo.

El problema radica en el sistema de poder en sentido amplio, que, por supuesto, rebasa con mucho al mero gobierno mexicano, y que incluye a los partidos políticos, los medios masivos de comunicación, la Iglesia Católica, las organizaciones empresariales, la embajada de los Estados Unidos, etcétera. El sistema, como tal, es impenetrable y es implacable; tolera ciertas libertades y cierto espacio para la reacción ciudadana, pero no tolera cambios verdaderos ni acciones que lo dañen en el más mínimo sentido.

México en un país en el que, no importa lo que pase, nunca cambia nada que resulte realmente significativo para el sistema. Quizá sea eso lo que Vargas Llosa definió como la “Dictadura Perfecta”.

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)

Enrique Alberto Servín Herrera

Para los gramáticos árabes los plurales se dividen en “exteriores” y “quebrados”, los verbos en “fuertes” y “huecos” y las letras en “lunares” y “solares”.

¿Quién dice que la ciencia no puede participar de la poesía?

(Publicado con motivo del “Día Internacional de la Lengua Árabe”, y con la intención de propiciar un acercamiento entre las diferentes culturas, en momentos en los que sólo parecer fortalecerse los odios y la separación)

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)

Enrique Alberto Servín Herrera

Ayer viví una inolvidable sesión de registro de la tradición oral con Don Puréensi Ramos Ramos. Fui por Don Puréensi y por el Gobernador de Chooréachi, Don Borijíri Cruz, a la oficina de la organización no-gubernamental Alianza Sierra Madre, que co-patrocina el audiolibro en el que estamos trabajando, para de allí llevarlos al estudio. Nada hace pensar, al ver por primera vez a estos dos hombres de aspecto humilde, la increíble riqueza que llevan en su memoria.

Al llegar al estudio de grabación, unas cuantas palabras fueron suficientes para que Don Puréensi entendiera el objetivo del proyecto y para que, de pronto, comenzara a hablar frente al micrófono como si estuviera de frente a una multitud. Con una maravillosa capacidad de modular su voz y fusionarla perfectamente con las historias que iba narrando, Don Puréensi habló durante una hora seguida, sin ninguna interrupción, relatando las sucesivas creaciones del mundo, las consecuentes destrucciones por cataclismos, las intervenciones cósmicas de los animales y los astros. ¡Daba la impresión de que ni siquiera necesitaba respirar!

Propongo, con toda seriedad, que demos inicio a un proceso para nombrarlo “Tesoro Viviente”. Es maravilloso que sigan existiendo personas como él en las partes más remotas de nuestras sierras.

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)

Enrique Alberto Servín Herrera

Solidaridad para con los padres de los asesinados en Ayotzinapa.

México entero se cubre de vergüenza.

País deshecho, secuestrado por una élite corrupta e implacable, cerrada y enemiga irreconciliable de su propio pueblo. País burlado, desmantelado, gobernado por los operadores de unas cuantas empresas y unos cuantos grupos económicos. País desolado.

El país de las muertas de Juárez, de las muertas de Tijuana, de la derrota de los movimientos sindicalistas, de los fraudes electorales organizados por el PRI o por su socio y cómplice el PAN, el país de los ochenta mil muertos que nos costaron las componendas de las mafias y el poder estatal.

El país de Tlatelolco, de Corpus Christi, de Ayotzinapa.

México entero vuelve a convertirse en una enorme herida abierta.

Ver publicación en Facebook → (abre en una pestaña nueva)