“Cuando yo era un niño chiquito las cosas eran muy diferentes en esta tierra,
y cuando mi papá era niño las cosas eran todavía mucho más diferentes.
Antes los Pie Negro éramos cazadores, buscábamos manadas de alces o de búfalos, y cuando las encontrábamos, las considerábamos como propias.
Si otra gente llegaba por la misma manada, nos peleábamos con ellos, los corríamos, los hacíamos que se fueran a buscar su comida en otra parte.
No era un mundo perfecto.
Éramos peleoneros, conflictivos.
La vida era difícil, había que trabajar mucho para lograr cualquier cosa.
Si conseguíamos carne y la queríamos guardar en verano, había que subirse hasta un lugar en algún cerro en el que todavía hubiera un poco de nieve, en donde no la pudieran encontrar los animales.
Si queríamos avisarle algo a una persona que vivía lejos, había que ir a buscarla hasta allá, donde estuviera.
Oscurecía temprano en invierno, y no había más manera de tener luz que encendiendo una fogata, o una lámpara.
Pero estábamos a gusto en esta tierra.
Las cosas funcionaban.
No éramos una gente ignorante, sabíamos muchas cosas. No teníamos universidades, pero la vida entera era como una universidad. Teníamos que distinguir muchas plantas, muchas raíces, muchas bayas.
Había unas cebollas idénticas, casi idénticas, pero una se comía y la otra era venenosa, y la única manera de saber cuál era cuál, era oliendo las raíces, recién arrancadas. Algunas hojas curaban, otras enfermaban de gravedad. La gente aprendía muchas cosas, siempre.
Si alguien tenía un problema muy fuerte, la gente se juntaba. Llegaban el jefe y el chamán, hacían una ceremonia, cantábamos. Entonces el chamán hablaba con los muertos; le decía al del problema: –Ya estoy hablando con tu mamá, dice que has estado tratando muy mal a tu hermana, que ya no la trates mal, que te compongas, que ya no tomes tanto–. Y entonces el del problema lloraba o pedía perdón, y las cosas se componían.
Un día llegaron los blancos y nos dijeron: –Ya no pueden estar aquí, esta tierra no es suya, esta tierra es un parque nacional, ya no pueden vivir en las tiendas, tienen que irse a vivir en cabañas, del otro lado del valle–. Y nos sacaron por la fuerza.
Luego comenzaron a llevarse a los niños a los internados, comenzaron a dividir a las familias.
Yo vivía con mi abuela, porque mi madre había muerto cuando yo era chiquito. Ella nos mantenía, a mí y a mi hermana. Juntaba comida, o se iba hasta Calgary para pedir dinero, o para buscar ropa vieja. Si se encontraba un suetercito sucio tirado lo lavaba y lo arreglaba, y así nos vestía. Por eso, aunque ya hace tantos años que ella se fue, yo la sigo llevando aquí, en la frente. Y no hay un solo día en que yo no me acuerde de ella.
Pero sufría mucho. Estaba muy vieja. Ya no podía trabajar.
Un día llegó un agente del gobierno a caballo. Se bajó. Le dijo a mi abuela: –Este niño ya no se puede quedar aquí, tiene que irse al internado en Calgary, si no va usted y lo lleva para tal día, vamos a volver nosotros para llevárnoslo a la fuerza–.
Tenía los ojos azules, me acuerdo.
Era la primera vez que yo veía unos ojos azules.
Y mi abuela se quedó muy triste, pensando mucho. Pero luego me dijo: –Tal vez sea lo mejor para ti; te van a enseñar muchas cosas, te van a dar de comer, vas a traer muy buena ropa de ahora en adelante; porque yo ya estoy muy vieja, y muy pronto yo ya no te voy a poder ayudar–.
Así que llegó el día y mi abuela me despertó desde mucho antes de que amaneciera. Me tomó de la mano y empezamos a caminar.
Llevaba una lata en las manos, y se fue juntando bayas todo el camino.
–¿Para qué quieres las bayas?– le pregunté. –Porque quiero te tengas amigos allí, desde el primer día; tú se las vas a ofrecer a los demás niños–, me dijo. Y seguimos caminando hasta llegar al internado.
Allí nos recibió una mujer vestida de blanco, como si fuera una enfermera.
Tenía los ojos azules.
Era la segunda vez que yo veía unos ojos azules.
Luego escribió unas cosas en unos papeles y dijo: –Pásale, pero esto no se puede quedar aquí–, y tomó la lata con las bayas que mi abuela había ido juntando por el camino y las tiró todas a la basura. Y yo me solté llorando.
Entonces mi abuela se acercó y me dijo: –No llores, yo voy a estar viniendo a visitarte muy seguido–. Pero yo sabía que eso no era verdad, yo sabía que aquella era la última vez que la veía.
Y fue cierto. Ya no volví a verla nunca.
La enfermera me llevó hasta un rincón y me dijo: –Es por tu bien. Y ya no llores. Olvídate de tu gente. Son ignorantes. Aquí vas a aprender las maneras del hombre blanco–. Y me bañaron, me cortaron el pelo y me llevaron a un cuarto con literas.
Así que yo no paraba de llorar.
Hasta que oí una voz de la cama de arriba: –Cálmate, te vas a acostumbrar pronto–.
Pero yo apenas cerraba los ojos y recordaba los ojos de la enfermera, y pensaba: Odio los ojos azules, odio los ojos azules.
Ahora ya no odio los ojos azules.
Ahora ya no odio nada.
Trato de no odiar nada.
Los blancos llegaron y lo que hayan traído, lo trajeron, y ya.
Trajeron muchas cosas malas. Enfermedades. Armas. Internados.
Trajeron también cosas buenas.
Trajeron la electricidad, y ahora tenemos luz a todas horas.
Trajeron los refrigeradores, y ahora ya no tenemos que subir hasta los cerros para esconder la carne en la nieve.
Trajeron muy buena medicina.
Yo ahora me tomo unas pastillas para el corazón y eso es lo que me mantiene vivo, pero antes también teníamos muy buena medicina, y no costaba nada. La levantábamos del suelo.
Antes distinguíamos una raíz de la otra, por el olor, nada más.
Trajeron teléfonos para hablar con las personas que están lejos, como este, que me regaló mi hijo, y que ni siquiera sé usar bien. Y si tú te vas hasta México, desde acá yo voy a poder hablar contigo.
Pero antes también podíamos hablar con las gentes que ya se habían ido.
Antes podíamos hablar con los muertos.”
[De una entrevista con el Sr. Tom Crane Bear, Jefe de la Nación “Pie Negro”,
en Banff, Alberta, Canadá. Enrique Servín]