Enrique Alberto Servín Herrera
La gran música abre frente a nosotros verdaderos abismos.
¿Quién dice que el hombre no sabe volar?
Anecdotario
Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.
Enrique Alberto Servín Herrera
La gran música abre frente a nosotros verdaderos abismos.
¿Quién dice que el hombre no sabe volar?
Enrique Alberto Servín Herrera
Una mentalidad lingüística genera su propio acercamiento, o imitación, de los idiomas que flotan alrededor de su ámbito. Los hablantes de inglés en los Estados Unidos añaden una “o” al final de las palabras inglesas y con eso dicen estar hablando español. “Io needo to sayo” (I need to say). “Mock Spanish” se le llama a ese frankenstein verbal.
Para los hablantes del castellano, el caso del italiano es bastante particular, porque se da por hecho de que se trata de dos idiomas muy parecidos entre sí y se piensa que es muy fácil aprender a hablarlo, incluso con tan sólo imitar a quienes de veras lo hablan. Conocí a una muchachita hija de inmigrantes italianos que producía unas imitaciones muy graciosas: “¿Cómo se dice chapulín?”, le preguntaba yo. “¡Ciappolinno!”, me contestaba. “¿Y murciélago?”. “Morcèllaco” (con las consonantes dobles, eso sí, muy bien pronunciadas). Como ya alguien habrá notado, los verdaderos equivalentes de esas palabras son “cavalletta” y “pipistrello”. A cual más de graciosos.
Una señora de Chihuahua se encontraba de vez en cuando a un antiguo pretendiente de la juventud y le decía (según ella, en italiano): “¡Juanino, Juanino! ¡Tanto que nos piachébamos de jóveni! Pero todavía podemos intentare algo, perque… ¡yo non chono di pietra, ni tú di palo!”
Pero tal vez la anécdota más simpática, a este respecto, me ocurrió en Italia misma, cuando viajé a aquel deslumbrante país en compañía del fotógrafo Nacho Guerrero y dos de sus hermanos. Después de varias semanas de recorrer el laberinto de maravillas que es la península, Nacho nos aseguró que ya casi hablaba italiano. Decididos a concederle el beneficio de la duda, entramos con él a una farmacia y lo dejamos hablar: “Dependiente”, le dijo al empleado en turno, “¿Me enseña por favor este cortauña que tiene aquí en la vitrina?”.
El empleado, como es de adivinarse, se quedó inmóvil. Y los demás, después de algunas fracciones de tensos segundos, soltamos la carcajada.
Enrique Alberto Servín Herrera
¿Fernando Vallejo? A mí me fascina. Es un conversador genial. Ensayista original y atrevido. Y como novelista me interesa más que muchos de los que están en el canon.
Hace un par de años, en Guadalajara, comí con él y le comente: “Maestro: Con tu Puta de Babilonia lograste convertir a mi madre al ateísmo”. Me contestó de inmediato, visiblemente divertido : “¿Cómo así? ¡Pero qué mujer tan sensata! Pues tienes que pasármela por teléfono para felicitarla ahora mismo”.
Entonces tomé el celular, le hablé a mi madre, le expliqué lo que estaba pasando y puse el teléfono en altavoz:
“Oye, ¿que te volviste atea después de leerme?”. Mi madre: “Sí, me encantó tu libro y me quitó todo lo creyente que era”. Fernando Vallejo: “Oye, pero qué buena lectora eres, te felicito, cómo quisiera yo más interlocutores así”. Mi madre:: “Sí, muchísimas gracias, no sabes todo lo que lo disfruté; bueno, para que no les salga muy cara la llamada, ya me voy ¿eh? ¡Qué Dios te bendiga, Fernando!”.
A Fernando Vallejo se le congeló la sonrisa.
Enrique Alberto Servín Herrera
Acabo de participar en un taller literario en Ciudad Juárez.
Muy buen nivel: poemas intensos, sólidos, muy bien escritos. La sala se quedaba en silencio mientras los escritores analizaban, sustituían unas palabras por otras, contaban sílabas, detectaban acentos.
Me conmovió presenciar las sesiones porque Ciudad Juárez quedó devastada por la violencia durante los últimos años, y verdaderamente estigmatizada por la terrible tragedia de los feminicidios. Recuerdo, hace unos tres o cuatro años, una caminata por una de las principales avenidas de la ciudad, entre restoranes incendiados y locales desiertos, oyendo todavía a la distancia las sirenas de las ambulancias y las patrullas.
En el amor al lenguaje, que es, antes que nada, puente, estos jóvenes poetas demuestran que, desde una situación verdaderamente difícil, de postguerra, lo humano finalmente logra volver a abrirse camino entre la abyección y el desastre.
Mi reconocimiento a Micaela Solís, una de las escritoras más importantes del estado, y al Maestro Ramón Chavira –ambos de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez–, por mantener vigente, y en donde más se le necesita, el espíritu de las letras y el humanismo.
Enrique Alberto Servín Herrera
Después de varias noticias tristes, y en el contexto doloroso que vive nuestro país, me avisan de la Secretaría de Cultura de Oaxaca que el “Anirúame”, mi recopilación de historias sagradas de los antiguos tarahumares, ganó el Premio Internacional de Mito, Cuento y Leyenda “Andrés Henestrosa”.
La decisión del jurado me honra muchísimo, porque vincula este trabajo con el nombre de uno de los grandes escritores e intelectuales indígenas de México.
Ojalá que el libro contribuya a la revaloración y difusión del patrimonio lingüístico y literario tarahumar.
Enrique Alberto Servín Herrera
Recordando a Juan Luis Sariego.
Durante los cursos de la maestría en Antropología Social, un día Sariego nos habló del relativismo cultural y de las culturas concebidas, de acuerdo a ciertas corrientes y escuelas de la antropología del Siglo XX, como sistemas autónomos de interpretación y valoración de la realidad.
Algunos días después en la familia se habló de comprar bacalao y hacerlo “a la vizcaína”. Todos pensamos que Juan Luis, por ser español, se iba a entusiasmar con el platillo, pero en lugar de eso puso una cara de incómoda resignación.
Al preguntarle que si no estaba de acuerdo, comentó: “Bueno, lo que pasa es que, en primer lugar, el bacalao que aquí conocen como ‘a la vizcaína’ en realidad no es más que un producto de la fantasía gastronómica chilanga: en Vizcaya le ponen tomate y nada más; en segundo lugar, en España el bacalao no es más que un pescado seco que se come cuando no hay otra cosa mejor qué comer, y no el platillo exótico y de lujo en el que se convierte por acá en estos lejanos trópicos”.
Luego volteó a verme y, cubriéndose la boca como para que no escucharan los demás, añadió muy sentenciosamente: “De hecho, yo creo que es el mejor ejemplo de relativismo cultural que puede haber…”