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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Me acabo de enterar –nada menos que por medio de Mohsén Emadí, quien, afortunadamente para nosotros, ahora se encuentra en Chihuahua–, que los habitantes del desierto iraní consideran a las palmas datileras como personas, y que, cuando muere una palma que ha producido dátiles en abundancia, la declaran “mártir” y luego la entierran.

(Bueno, lo del entierro ya no sé si lo inventé yo).

Pero me consta que los tarahumaras les piden permiso a los cerros para cruzarlos y a los animales para matarlos y utilizarlos como alimento (“Mi familia me espera allá atrás; ¿puedo darles de comer de tu carne a mis hijos para que no vayan a pasar hambre?”).

¿En qué momento abandonamos esa horizontalidad ontológica –que con toda esa amabilidad y esos rituales, por lo menos, hacía más hermoso el drama de la supervivencia–?

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Enrique Alberto Servín Herrera

Al día siguiente de la llegada a Pekín y después de una cena memorable, en la que los platillos desfilan deliciosos, muchos de ellos sin dejar descifrar sus ingredientes (“For a westerner, it’s better not to ask”, me dice con cierta malicia uno de los edecanes, y como en China todo se come, yo mejor no pregunto), nos dirigimos a otro aeropuerto y de allí tomamos un vuelo rumbo al oeste del inmenso país. Desde el avión el paisaje comienza a abandonar los verdes intensos, dejan se verse los ríos, y las montañas, ahora semejantes a las del norte de México, anuncian la aparición de una vastedad de dunas y espacios amarillos y rojizos: Son el desierto del Gobi y su región sureña, el desierto de Ordos. “Gran lago seco sin fin”, llaman los chinos a este lugar. Pienso en Mongolia, que queda en el extremo norte del erial, y en su terrible expansión durante el siglo XIII, cuando Gengis Khan, después de sembrar el terror y derrocar dinastías y reinos, pudo llegar a declararse “Emperador de Todos los Hombres”. Por aquel tiempo, entre la China de la Dinastía T’ang y Mongolia mediaba un país exitoso y refinado: el Imperio Tangut, que ahora, y desde aquel cataclismo histórico, yace enterrado para siempre en las arenas de este desierto.

Las dunas dan paso a nuevas montañas y luego a un cañon de estratos violetas y ocres, al pie de la Meseta Tibetana. Aterrizamos en Xining, una ciudad extensa, poblada de rascacielos de vidrio y surcada por impresionantes avenidas y distribuidores viales. Y sin embargo Xining no es sino la ciudad número cincuenta en la lista de ciudades chinas más importantes. Justo enfrente de nuestro hotel, al otro lado del río, un impresionante monasterio budista cuelga de las paredes de una montaña, pero lo que me llama más la atención es la cantidad de mezquitas y minaretes que sobresalen en el paisaje urbano. En efecto: Xining queda en una zona de transición en la que conviven confucianistas, budistas tibetanos y musulmanes. En la inauguración formal del encuentro participan poetas chinos, tibetanos, griegos, estadounidenses, colombianos, mongoles. Brillan por su ausencia los discursos políticos, las menciones al Gran Timonel o al internacionalismo socialista. La transformación china, por lo visto, ha incluido también al discurso cultural, que en este evento se centra, sin más, en el tema de la renovación del lenguaje poético en las diferentes áreas culturales y lingüísticas representadas por los invitados.

Al amanecer me despiertan los cánticos de los mu’ezzín, llamando en árabe a orar, “porque es mejor orar que dormir”, según reza el antiguo pregón islámico. Todavía muy temprano tomamos los camiones que nos habrán de conducir hacia la serie de pueblos tibetanos en donde tendrán lugar algunas de las lecturas, alrededor de las orillas del lago Kokonur. Como hasta la llegada a Xining no he sentido ningún malestar por la altura, canto victoria. Pero los camiones comienzan a subir por entre las montañas y los pequeños valles. Y siguen subiendo, continuamente, hasta que las ventanas comienzan a empañarse y el exterior es invadido por una neblina plateada y espesa. Todo adquiere una atmósfera de irrealidad, incluyendo la atmósfera misma. Comienzo a sentir mareos y cierta dificultad en la respiración. Al frotar el vidrio, veo correr a un lado del camión una manada de corderos de todos los colores: azules, rojos, amarillos, verdes. “Ahora sí que me afectó la altura”, pienso tratando de tranquilizarme. Pero los tibetanos, en efecto, pintan sus chivas y sus borregos, por la razón que sea, y un mundo extraño e indeciblemente hermoso sustituye al desierto que dejamos atrás.

Tibet es el último de los otros mundos que queda en este mundo. Contrastando con el área cultural Han, ahora marcada por el desarrollismo, el progreso material, la acumulación de riqueza y la modernidad, los tibetanos viven orientados hacia la espiritualidad y la religión. Buena parte de la población tibetana es nómada y se dedica al pastoreo, pero incluso sus tiendas, elegantes y espaciosas, llevan bordado sobre los techos el mantra en torno al cual gira toda la vida religiosa del Tibet, “Om Ma Ni Padme Hum”: “Que florezca el diamante en el seno del loto”, es decir, “que se alcance la iluminación”. Como llegamos en medio de una festividad budista, con frecuencia aparecen, a los lados de la carretera, grupos de peregrinos que se dirigen hacia algún santuario o hacia las orillas del agua sagrada del Kokonur. Las lomas, de una dulzura visual increíble, por el amarillo oro de las flores y el azul intenso del cielo, sostienen altos postes de los que descienden ristras de banderolas de colores. Son impresiones en tela de antiquísimos sutras budistas traducidos, desde hace siglos, al tibetano, y al aletear estas “telas de oración” piden por todos los seres y bendicen incluso el aire purísimo del Tibet.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Una y otra vez, China huele a especias. O mejor dicho, a canela, jengibre, cassia, clavo y anís estrella, mezcla que, como se sabe, constituye uno de los condimentos esenciales de la gastronomía china. Pero ya hablar de gastronomía china es incurrir en una burda simplificación. Ante este gigante descomunal, los esquemas habituales siempre resultan insuficientes. En efecto, el enorme país asiático incluye en su seno a centenares de pueblos y de lenguas, agrupados en varias regiones y provenientes de diferentes orígenes civilizatorios. Por lo tanto, en realidad son muchas las tradiciones culinarias que coexisten en su territorio. Tan sólo la etnia mayoritaria, la Han, cuenta con cinco grandes “escuelas” o variantes regionales, algunas tan diferentes entre sí como la comida mexicana y la del Perú. En los mercados son muy comunes las especierías y tiendas de hierbas curativas, que parecen verdaderos museos del conocimiento herbolario. En los estantes los espacios más altos casi siempre le corresponden (por lo llamativo de su forma o simplemente por lo elevado de su precio) al ginseng, la “raíz que es un hombre”.

El signo más evidente de la China contemporánea, por lo menos a primera vista, es el de la pujanza económica. Por todas partes se elevan rascacielos y al transitar en automóvil continuamente se entra en circuitos viales de varios pisos, casi idénticos a sus modelos estadounidenses. De hecho, buena parte del país parece una gigantesca zona en construcción, llena de grúas altísimas y andamios descomunales que vistos de lejos generan un paisaje bastante insólito. Sin embargo, la tradición socialista de la planeación se deja ver en la regularidad con que aparecen parques y espacios públicos.

Como los organizadores del encuentro han aprovechado cada minuto de nuestro tiempo, muy temprano por la mañana esos parques se ven llenos de personas ejercitando el taijijuan, una danza unánime, elegantísima y capaz, llegado el momento, de matar a un oponente, pero que además tiene la reputación de mantener la elasticidad de los cuerpos y hasta de las mentes de quienes la practican. Pronto los parques se vacían y vuelven a convertirse en intrusiones del campo dentro de la gran ciudad. Pero hacia el atardecer, cuando se calma el calor, rápidamente se vuelven a llenar de personas que, esta vez, instalan grabadoras y comienzan a bailar mambo y chachachá, inesperados ecos culturales de la América Latina. “Baile de parque”, se le llama a esto en la República Popular China, y se practica como si fuera otro deporte más, utilizado para liberar las tensiones cotidianas y para el mantenimiento de la salud, ese componente central en la cultura del Lejano Oriente.

A pesar de la prevalencia de “lo moderno” (que es también decir de “lo global”), Pekín y muchas otras de las ciudades chinas mantienen grandes espacios de su riquísimo pasado: templos, palacios, atalayas de las viejas murallas defensivas. En ellos el ambiente es sosegado, sereno y dominado por una estética inalterable y precisa. Al igual que los egipcios y los griegos, los chinos inventaron unas cuantas formas perfectas, capaces de trascender las diferencias culturales en los espectadores y de resistir, impasibles y vigentes, el paso de las eras. Ritmos visuales, volutas, esquemas armónicos de espacios y volúmenes. En los días que sigan, habremos de conocer algunas de las ciudades que, hace milenios, jugaron papeles importantes en las rutas de la seda, el te y el comercio de caballos, y que habrían de conformar los canales por los que la civilización del Reino Central pudo penetrar (y cambiar para siempre) el resto del mundo.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Después de contemplar desde el aire las tierras del extremo nororiental de Asia, poco pobladas y de una belleza desolada y agreste, comienzo a distinguir caminos y poco después las primeras aldeas, que luego forman una red cada vez más apretada y más densa: hemos entrado al espacio aéreo chino. Estos pequeños pueblos ni siquiera desde el aire podrían ser confundidos con los del mundo occidental: son de forma rectangular, muy uniformes, y por momentos uno creería que están a tiro de piedra entre sí. Los valles se alternan con cadenas montañosas y con ríos que desembocan en otros ríos, cada vez más anchos. Al ir descendiendo el avión, se pasa sobre una cañada descomunal en la que se entreveran los voladeros y las nubes y que, inevitablemente, recuerda la tradición paisajística de la pintura china.

Los alrededores de Pekín, parecidos a los de las demás megalópolis del mundo, se anuncian con zonas industriales, circuitos carreteros y extendidos conjuntos de edificios departamentales. El cielo se vuelve gris por la contaminación producida por la gran capital, pero al aterrizar y descender al gigantesco aeropuerto nos espera una primera sorpresa: el aeropuerto, de una arquitectura inusualmente amable y cálida, funciona a la vez como un gigantesco museo, en el que se exponen jarrones de cerámica, esculturas metálicas de dragones sosteniendo modelos cosmogónicos y gigantescas pinturas de batallas en las que aparecen palacios, valles y ejércitos de emperadores triunfantes. Al entrar al tren que me habrá de llevar a la zona de recepción, varios jóvenes se levantan para ofrecerme el asiento. Al parecer, el oriente sigue siendo refinado y cortés.

Como al día siguiente habremos de partir hacia Xining, en la Provincia de Qinghai, y luego hasta el Lago Kokonur, en la Meseta Tibetana, decido dirigirme a toda prisa en metro hacia el Pórtico de la Paz Celestial, es decir, a la Plaza de Tian’an Men, nombrada así por la entrada de la Ciudad Prohibida. Me acompaña el poeta costarricense Norberto Salinas, a quien conozco en el aeropuerto. Juntos luchamos para poner en práctica un chino rudimentario que, sin embargo, nos ride frutos, y juntos salimos estupefactos a la enorme plaza, nocturna y un tanto desangelada. Pero frente a nosotros se levanta la entrada de la ciudad prohibida, símbolo no sólo del imperio chino sino, de alguna manera, del país entero y de su antiquísima cultura, porque si en algún lugar una cultura entera puede ser asociada a un sistema político y a un orden social, ese lugar es China.

El emblemático retrato del Camarada Mao Tse Tung preside el pórtico principal y de frente a la plaza varios leones de piedra vigilan el acceso al laberinto de recintos, jardines y palacios desde el que se gobernó por varios siglos el inmenso país. “No están amenazando a nadie, porque son símbolos de lo venturoso y lo bueno: los leones están sonriendo”, nos corrige una joven pareja de chinos que se ofrecen para tomarnos fotografías y explicarnos lo más elemental sobre este centro quintaesencial de su nación. Después de varias horas de habernos ayudado, y luego de que el metro ha dejado de operar (ya son más de las once de la noche), al quererles retribuir con una propina, se niegan rotundamente. “Sería una deshonra para nosotros”, nos dicen. Una respuesta que habremos de escuchar una y otra vez a lo largo del viaje, cada vez que queramos retribuir con dinero el hecho de que alguien se haya tomado la molestia de acompañarnos, ayudarnos o traducirnos, aunque el proceso les haya tomado varias horas de su tiempo. El regreso, en taxi, nos deja ver numerosas avenidas de la capital, bordeadas de rascacielos y parques.

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Enrique Alberto Servín Herrera

China, el Celeste Imperio, el País Central. Ese “otro lado del mundo” que durante siglos ha representado para la imaginación occidental una especie de “imagen de espejo” de la civilización, sorprendiendo con sus diferencias, sus superlativos, sus increíbles anacronismos y sus asombrosos avances. En ningún otro estado del mundo el hombre ha prosperado tanto. Y esto a juzgar por la mera estadística: Mil doscientos millones de seres humanos a principios del siglo XXI, en una serie de territorios que han mostrado presencia humana casi desde la época en que los primeros homínidos salieron de África. Pero además la inteligencia y la imaginación chinas han sido notablemente feraces desde antiguo y han aportado al hombre elementos fundamentales en la historia de la civilización: el papel, la brújula, la primera teoría política, la imprenta, el sismógrafo, la seda, la porcelana, la inmensa tradición poética china.

Cuando a mediados del 2007 Carlos Montemayor me recomendó para asesorar a los escritores indígenas que participaban aquel verano como becarios del Centro Banff, en Alberta, nunca me hubiera podido imaginar que aquella estancia en la maravillosa institución canadiense me iba a deparar, igualmente, un viaje a Grecia y poco después otro a China. Había leído como un verdadero deslumbramiento la preciosa antología de la poesía china de Marcela de Juan (ella misma un increíble personaje de película), alguna historia del pasado imperial chino y (también como un verdadero descubrimiento) “El sueño del aposento rojo”, la gran novela clásica que culmina la historia de la prosa en mandarín, y que yo había conseguido cuando trabajé como “ilegal alien” en a ciudad de Los Ángeles, California. Pero China seguía siendo para mí lo que para tantos otros “bárbaros” del Occidente: un país exótico y demasiado lejano.

Así que recibí la invitación a participar en el V Festival de Poesía de Qinghai como si fuera una broma, una especie de “cultivo yucateco” imputable a algún amigo travieso y algo cruel. Pero los mensajes siguieron llegando, regulares y bastante frecuentes; especificando tiempos, sedes, rutas, expectativas y horarios, porque una de las características de la cultura china contemporánea es la capacidad de planificación. De manera que pocos meses después yo me encontraba solicitando mis vacaciones y abordando el avión que, desde la Ciudad de México, me habría de llevar a ver, por fin, las tierras de Asia. El descomunal Océano Pacífico, las nubes interminables. Y de pronto, después de un sueño distractor pero inevitable, la península de Kamchatka, porque el avión, para llegar a Pekín, “sube” en el mapa, obedeciendo las realidades geográficas y no las representaciones imaginarias.

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