Al día siguiente de la llegada a Pekín y después de una cena memorable, en la que los platillos desfilan deliciosos, muchos de ellos sin dejar descifrar sus ingredientes (“For a westerner, it’s better not to ask”, me dice con cierta malicia uno de los edecanes, y como en China todo se come, yo mejor no pregunto), nos dirigimos a otro aeropuerto y de allí tomamos un vuelo rumbo al oeste del inmenso país. Desde el avión el paisaje comienza a abandonar los verdes intensos, dejan se verse los ríos, y las montañas, ahora semejantes a las del norte de México, anuncian la aparición de una vastedad de dunas y espacios amarillos y rojizos: Son el desierto del Gobi y su región sureña, el desierto de Ordos. “Gran lago seco sin fin”, llaman los chinos a este lugar. Pienso en Mongolia, que queda en el extremo norte del erial, y en su terrible expansión durante el siglo XIII, cuando Gengis Khan, después de sembrar el terror y derrocar dinastías y reinos, pudo llegar a declararse “Emperador de Todos los Hombres”. Por aquel tiempo, entre la China de la Dinastía T’ang y Mongolia mediaba un país exitoso y refinado: el Imperio Tangut, que ahora, y desde aquel cataclismo histórico, yace enterrado para siempre en las arenas de este desierto.
Las dunas dan paso a nuevas montañas y luego a un cañon de estratos violetas y ocres, al pie de la Meseta Tibetana. Aterrizamos en Xining, una ciudad extensa, poblada de rascacielos de vidrio y surcada por impresionantes avenidas y distribuidores viales. Y sin embargo Xining no es sino la ciudad número cincuenta en la lista de ciudades chinas más importantes. Justo enfrente de nuestro hotel, al otro lado del río, un impresionante monasterio budista cuelga de las paredes de una montaña, pero lo que me llama más la atención es la cantidad de mezquitas y minaretes que sobresalen en el paisaje urbano. En efecto: Xining queda en una zona de transición en la que conviven confucianistas, budistas tibetanos y musulmanes. En la inauguración formal del encuentro participan poetas chinos, tibetanos, griegos, estadounidenses, colombianos, mongoles. Brillan por su ausencia los discursos políticos, las menciones al Gran Timonel o al internacionalismo socialista. La transformación china, por lo visto, ha incluido también al discurso cultural, que en este evento se centra, sin más, en el tema de la renovación del lenguaje poético en las diferentes áreas culturales y lingüísticas representadas por los invitados.
Al amanecer me despiertan los cánticos de los mu’ezzín, llamando en árabe a orar, “porque es mejor orar que dormir”, según reza el antiguo pregón islámico. Todavía muy temprano tomamos los camiones que nos habrán de conducir hacia la serie de pueblos tibetanos en donde tendrán lugar algunas de las lecturas, alrededor de las orillas del lago Kokonur. Como hasta la llegada a Xining no he sentido ningún malestar por la altura, canto victoria. Pero los camiones comienzan a subir por entre las montañas y los pequeños valles. Y siguen subiendo, continuamente, hasta que las ventanas comienzan a empañarse y el exterior es invadido por una neblina plateada y espesa. Todo adquiere una atmósfera de irrealidad, incluyendo la atmósfera misma. Comienzo a sentir mareos y cierta dificultad en la respiración. Al frotar el vidrio, veo correr a un lado del camión una manada de corderos de todos los colores: azules, rojos, amarillos, verdes. “Ahora sí que me afectó la altura”, pienso tratando de tranquilizarme. Pero los tibetanos, en efecto, pintan sus chivas y sus borregos, por la razón que sea, y un mundo extraño e indeciblemente hermoso sustituye al desierto que dejamos atrás.
Tibet es el último de los otros mundos que queda en este mundo. Contrastando con el área cultural Han, ahora marcada por el desarrollismo, el progreso material, la acumulación de riqueza y la modernidad, los tibetanos viven orientados hacia la espiritualidad y la religión. Buena parte de la población tibetana es nómada y se dedica al pastoreo, pero incluso sus tiendas, elegantes y espaciosas, llevan bordado sobre los techos el mantra en torno al cual gira toda la vida religiosa del Tibet, “Om Ma Ni Padme Hum”: “Que florezca el diamante en el seno del loto”, es decir, “que se alcance la iluminación”. Como llegamos en medio de una festividad budista, con frecuencia aparecen, a los lados de la carretera, grupos de peregrinos que se dirigen hacia algún santuario o hacia las orillas del agua sagrada del Kokonur. Las lomas, de una dulzura visual increíble, por el amarillo oro de las flores y el azul intenso del cielo, sostienen altos postes de los que descienden ristras de banderolas de colores. Son impresiones en tela de antiquísimos sutras budistas traducidos, desde hace siglos, al tibetano, y al aletear estas “telas de oración” piden por todos los seres y bendicen incluso el aire purísimo del Tibet.