Enrique Alberto Servín Herrera
No voy a hacer la defensa del Islam, como no haría la defensa de ninguna otra religión, con la dudosa excepción del Budismo. Pero incluso el Budismo carga con peticiones de principio y creencias absurdas que se prestan para justificar órdenes sociales injustos y violentos, como las ideas del karma y la reencarnación. En realidad las religiones son sistemas arcaicos de cosmovisión y pensamiento y, por más que todas tengan elementos todavía válidos y rescatables, no son precisamente lo que habremos de necesitar para enfrentar el amenazador futuro que ya se vislumbra.
Sin embargo, me parece muy indebida y muy injusta la ecuación que se está haciendo entre “Islam” y “terrorismo”. El terrorismo es una estrategia atroz que se da en el seno de muchos grupos, pertenecientes a muchas ideologías, incluyendo, por supuesto, y en primerísimo lugar, en el seno de muchos estados nacionales. La enorme mayoría de los musulmanes, como la enorme mayoría de los cristianos o de los judíos, rechaza tajantemente el terrorismo. Culpar al Islam de las acciones de los terroristas es como culpar al Judaismo por las acciones del Estado de Israel contra los palestinos, o como culpar al Cristianismo por los horrores cometidos por los terroristas irlandeses o la Santa Inquisición.
El Islam produjo, en sus mejores épocas, espacios de notable tolerancia y de gran civilización. El más grande poeta clásico de Siria, por poner un ejemplo que ahora viene mucho al caso, es Abu-l-‘alá’i-l-Ma’arri, un ciego desencantado que era, como Jorge Luis Borges, abiertamente ateo. La España musulmana toleró a cristianos y judíos, y la gran literatura judaica del medioevo floreció precisamente allí. El terrorismo es un producto de la intolerancia, la crueldad y el fanatismo, y esas son las plagas que deben ser combatidas, en donde quiera que se encuentren.
El problema de fondo es que esas plagas, en el Medio Oriente, son el resultado del orden impuesto allí por la primera y la segunda guerras mundiales, así como de las obtusas políticas que desde entonces los Estados Unidos y Europa Occidental han impuesto, con mano de hierro, en la región. Y el comentar esto no constituye, ciertamente, ninguna justificación de ninguna forma del terrorismo. Es tan sólo estar conscientes de que, mientras no cambien esas políticas, los resultados van a seguir siendo parecidos. Y es también, por supuesto, señalar a esos otros culpables, las poderosas élites económicas y políticas del Occidente.