Enrique Alberto Servín Herrera
En el aeropuerto de Pekín me presentan a Rati Saxena y le comento, mientras esperamos a algunos otros de los poetas invitados al festival, que me fascina la cultura de su país, la India. Me replica, casi de mal humor, que se trata de una cultura cruel, llena de contradicciones. “Al igual que todas las demás culturas del mundo”, le contesto; pero tengo la impresión de que, por lo menos en ese primer momento, no le simpatizo en lo más mínimo. Después, a lo largo del viaje por China, habré de descubrir en ella a una mujer inteligentísima, especialista en medicina védica, muy exigente desde el punto de vista intelectual y, sobre todo, a una de las grandes poetas del hindi, autora de piezas verbales concisas, poderosas y maravillosamente resueltas. Esa tarde hablamos de poesía y a la mañana siguiente el grupo viaja por aire hacia Suiyang, volando sobre un territorio que paulatinamente se vuelve de un verde oscuro, denso, zurcado por carreteras, ríos y veteado de espesas neblinas. Después de un mediodía y una tarde de bienvenidas y de comida picante (practican una gastronomía cercana al estilo Szechuan), asistimos a un “calentamiento” (nada en China, en donde todo es planeación, se deja al azar, incluso en un encuentro de poetas) en el que los voluntarios pasan al frente a leer sus poemas, nos vamos a descansar en las habitaciones de un hotel altamente tecnologizado y lujoso.
La inauguración, que tiene lugar en la “Plaza de la Poesía”, congrega a miles de personas, muchas sentadas en hileras de sillas “vestidas” de blanco, pero muchos otros cientos, o miles, aglomeradas detrás de vallas, empujándose para poder presenciar la ceremonia y escuchar a los poetas. Por supuesto, el evento contiene un fuerte elemento oficialista, con discursos a cargo de autoridades y bailables alusivos a las diversas épocas de la multimilenaria historia de China, pero el entusiasmo del público, la belleza de las coreografías y el estallido de los fuegos pirotécnicos (inventados, por cierto, por los chinos) genera un ambiente de una intensa alegría.
De allí pasamos a otro evento no menos extraordinario (por lo menos para un occidental, venido de un mundo en el que la poesía es un arte marginal, minoritaria, casi secreta: la inauguración del Museo de la Cultura Poética, en el que se exhiben libros, autógrafos, esculturas de poetas famosos, diagramas que explican el desarrollo de las diversas tradiciones poéticas chinas y en el que hay cuartos oscuros con poemas flotantes. Perplejo ante la enorme atención pública que todo eso implica, pregunto a uno de los anfitriones chinos si ese podría ser uno de los primeros museo de la poesía en el mundo. “No sé cómo sea en otras partes del mundo”, me explica, “pero en china muchas ciudades cuentan con museos dedicados a la poesía”. Pienso en Kusniewicz y sus reflexiones sobre Dinamarca y China, y en el hecho indudable de que el extremo oriente, con sus innegables contradicciones, es antes que nada un vastísimo espacio de alta civilización, una civilización decantada, pulida, que hunde sus raíces en las profundidades del tiempo, pero también en las más diversas necesidades del alma humana.