Enrique Alberto Servín Herrera
Como casi todos los grandes hombres de poder, Fidel Castro hereda un legado importante, intenso y muy contradictorio.
Al nivel internacional, logró por primera vez un proyecto político latinoamericano verdaderamente independendiente frente al imperio estadounidense, abanderó el ideal de la dignidad de todos los pueblos y puso en la primera plana del escenario internacional el importantísimo tema de las reivindicaciones sociales. En Cuba desmanteló las redes del poder oligárquico tradicional, abatió el analfabetismo, elevó los estándares educativos y construyó un notable sistema de salud y seguridad social.
Por otra parte, construyó un sistema totalitario basado en una sólida (y a veces sórdida) policía secreta, así como en un control absoluto de los medios masivos de comunicación; fue implacable con sus enemigos políticos (y hasta con aquellos elementos que tan sólo le restaban centralidad); descuidó el tema del racismo; implementó políticas homofóbicas y se enquistó definitivamente en el poder, permaneciendo en en él casi veinte años más que Porfirio Díaz.
Sabía generar emociones profundas, habilidad que utilizaba políticamente, y con frecuencia suscitaba amor o inspiraba odio, que son las vías menos seguras de poder juzgar a alguien.
Queda por ver el destino de la parte positiva de su legado, en una época de sombríos retrocesos y de resurgimientos de las peores posturas políticas y sociales en buena parte del mundo.