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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Algunas de las experiencias que más me han enriquecido vivencial e intelectualmente los últimos años son ciertas charlas con Daniel Sada sobre Clarice Lispector y Juan Rulfo; una deliciosa plática con Edmundo Lizardi sobre poesía y poetas; el conocimiento de Ana Clavel y su extraordinaria novelística; la relectura de las alucinantes “Noticias de la Península Americana de California”, de Juan Jacobo Baeggert (iniciada muchos años atrás en una incompleta serie de fotocopias); el descubrimiento de la impresionante y absolutamente moderna pintura mural de la Sierra de San Francisco y el Cañón de la Giganta, elaborada sobre piedra hace ya varios milenios y, debo confesarlo, incluso la decisión de escribir una concatenación de narrativas tarahumaras, partiendo de los insondables mitos antiguos de la tribu.

Y todo esto se lo debo al Encuentro Literario Lunas de Octubre, de La Paz, Baja California Sur. O mejor dicho, al pequeño y dedicado grupo de promotores y organizadores que durante años no solo lo hicieron posible sino que, venciendo todo tipo de dificultades, lo convirtieron en uno de los eventos más entrañables del acontecer literario en México.

Ahora me entero de que esa generosa tradición, anclada en uno de los espacios más bellos y deslumbrantes del continente americano, corre peligro. La absurda crisis en la que nos ha hundido nuestra despreciable casta política, la cultura de la anti-cultura que ha generalizado el paradigma económico neo-liberal y las omnipresentes intrigas palaciegas que plagan a una sociedad antidemocrática y desdeñosa de las instituciones, amenazan con sacrificarlo.

Porque las Lunas de Octubre eran, por supuesto, una verdadera institución. Una institución cultural y social, basada en el amor al lenguaje y en su trabajo como instrumento de autoconocimiento; de vinculación con el pasado; de creación de intensos vínculos intelectuales entre los individuos y las regiones y, por supuesto, de inteligente proyección al futuro.

Expreso la esperanza de que, aunque yo ya no vuelva a ser privilegiado con otra invitación a las Lunas de Octubre (en varias, inolvidables ocasiones lo fui, y estoy más que agradecido por eso), el generoso encuentro se salve. Estoy seguro de que yo no fui el único escritor cuya vida y cuyo trabajo se enriquecieron con la experiencia, y honestamente espero que en el futuro muchos otros escritores la puedan lograr.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Ahí les va una anécdota del maestro Eduardo Casar, en su aniversario. No sé si él mismo la recuerde, pero con todo gusto ahora le refresco la memoria como regalito de cumpleaños:

En una ocasión en que visitó Chihuahua, lo llevé al museo Casa de Villa, antigua residencia del caudillo que ahora es administrada por el ejército y que, por lo tanto, como museo hace mucho énfasis en el lado militar de la revolución.

Conforme pasábamos de sala en sala, yo le iba explicando: “Esta sala contiene vestimenta del General Villa; esta otra contiene fotografías del General Pascual Orozco; Esta fotografías del General Felipe Ángeles…”

De pronto, entramos en una sala vacía, en la que, desde el centro del techo, colgaba un solo foco sin candil ni pantalla. El maestro se le acercó, lo observó brevemente y luego volteó hacia mí diciendo con gran seriedad: “Y esta sala contiene un foco perteneciente al general que acabó triunfando después de todo el proceso revolucionario: el General Electric”.

Excuso describir mi carcajada.

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Enrique Alberto Servín Herrera

¿Qué celebramos?

Celebramos la resistencia.

Celebramos el hecho de que hoy, a casi cinco siglos de la Conquista, millones de personas todavía piensen, hablen, sueñen en su idioma ancestral.

Celebramos la voluntad de permanecer, de continuar, de seguir siendo una parte viviente -no más, pero tampoco (en lo absoluto) menos- del asombroso paisaje de lo humano.

Por un México (un mundo) plural, igualitario y pacífico.

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Enrique Alberto Servín Herrera

No sé si ya conté esta anécdota: Durante un viaje a Mazatán que hicieron mis padres junto con unos amigos de ellos, hace ya varias décadas, mi papá tomó un balde de plástico y salió a la playa a corretear cangrejos para traérnoslos de regalo hasta Chihuahua.

Su amigo intentó disuadirlo varias veces insistiéndole en que no lo iban a dejar subirlos al avión, pero la situación hizo crisis cuando, de regreso al hotel, ambos entraron al elevador y coincidieron con un elegantísimo botones.

El acompañante de mi padre, ya muy molesto y avergonzado, disimuló como pudo y le dijo al circunspecto bell-boy, señalando al balde de plástico en el que pataleaban algunos cangrejos malolientes: “El señor es un famoso científico ruso; ahorita anda muy emocionado porque acaba de descubrir una nueva especie, de enorme importancia para la ciencia”.

El botones se asomó al interior del balde y, con cierto mal humor, se limitó a contestar: “Bah, pues qué raro, porque aquí siempre ha habido miles de esos…”

Todavía en plena Guerra Fría, un vistazo superficial le bastó para desestimar todo el prestigio de la ciencia soviética.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Cuando yo todavía era un niño chiquito, de unos cinco o seis años, un día mi abuela paterna tomó un cordel y se puso a hacerme figuras entrelazándolo con sus dedos.

Yo no sabía que se trataba de un antiquísimo juego, casi un ritual, que la humanidad ha venido recordando y re-ejecutando desde que se inventaron los cordeles, es decir, desde hace ya varios milenios. Tampoco sabía que hasta ahora subsiste en los cinco continentes, ni que los polinesios lo habían utilizado para narrar sus mitos (es decir: nada menos que la historia del universo), inventando así una de las más divergentes y originales formas de escritura.

Tiempo después traté de aprender a trazar, junto con una de mis hermanas, algunas figuras típicas: la Figura inicial, la Telaraña, la Pata de gallo. Confieso de después de la cuarta o la quinta ejecución los cordeles invariablemente se me enredaban o, en el mejor de los casos, dejaban un marco cuadrangular con el interior completamente vacío, la narración ya perdida.

Ahora me entero de que, en diferentes partes del mundo, la gente arma figuras con nombres tales como: “La luna oscurecida”, “Diamantes juntos”, “Relámpagos” y hasta “Sangre menstrual de tres mujeres”. También de que, hacia principios del Siglo XX, el antropólogo británico Luis Leakey salvó su vida al comenzar a ejecutar el juego de cordeles con individuos de una tribu hostil que (seguramente con sobrada razón) odiaba a los europeos. Y me entero también de que los esquimales urden una figura que representa a un monstruo grande, peludo y dotado de una gran trompa, quizá la única memoria aún viviente del antiquísimo mamut.

Pero, en lo personal, mi mejor recuerdo de esta sorprendente forma de representar, tiene que ver, al mismo tiempo, con una de las más incomodas experiencias que jamás haya vivido. Un grupo de amigos y yo andábamos en la Sierra Tarahumara en pleno invierno cuando, de pronto, al rededor de una fogata, comencé a sentirme muy enfermo y fui a dar al pequeño hospital de la comunidad. Traía la presión muy alta y, después de varias inyecciones, el doctor decidió internarme por un par de días allí mismo. Aburrido y triste por haber arruinado la excursión, recibí de pronto una visita inesperada. Era Memo Ortiz, un conocido que, a partir de entonces, pasé a considerar como un individuo sumamente valioso, un verdadero amigo.

Al verme hundido entre las cobijas, en el fondo de un cuarto bastante sombrío y deprimente, Memo sacó un cordel y, urdiendo la Figura inicial, me dijo: “Pon tus dedos entre los rombos y dales vuelta”. Comenzaron a aparecer la Cuna, el Plato, el Columpio, la Telaraña, el Diamante y algunas otras figuras más hasta llegar a la definitiva y algo siniestra Pata de gallo, en donde el juego se detuvo. Porque, por la razón que sea, la Pata de gallo ya no admite ningún otro desdoblamiento. Una vez más, fin de la narración.

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