Enrique Alberto Servín Herrera
Esta historia nos la recordó hace algunas semanas Rodolfo Fierro -fundador del Museo de Paleontología de Delicias-, a Luis Armendáriz y a mí, y Luis me pide ahora que la comparta.
Cuenta Rodolfo que, cuando nos acabábamos de conocer, en una ocasión lo invité a cenar a casa de mis papás, en donde todavía vivía yo.
Siendo él un individuo muy poco dado a asistir a eventos y reuniones, se encontraba muy nervioso por “no ir a meter la pata en determinado momento”, así que se propuso ser lo más cordial y pulido que le resultara posible. Yo lo recuerdo extremadamente parsimonioso, limpiándose los labios con la servilleta a cada rato.
Ese “determinado momento” ocurrió cuando mi tía Silvia, que también se encontraba allí, le extendió su copa y le preguntó con toda naturalidad:
-Rodolfo: ¿Te molesto con el vino?
Dice Rodolfo que él pensó: “Esta es la prueba de fuego”, así que se apresuró a responderle:
– De ninguna manera señora. En lo más mínimo. Puede usted estar completamente tranquila. De hecho, en mi familia también hay personas muy afectas a la ingesta de alcohol; así que, por lo que a mí respecta, puede usted beber absolutamente todo lo que quiera.
La pobre de mi tía Silvia se quedó viéndolo y después, muy despacito, volvió a colocar la copa vacía sobre el mantel.