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Anecdotario

Anecdotario

Aquí reunimos publicaciones, recuerdos, anécdotas, reflexiones, fotografías y pequeños fragmentos compartidos por Enrique Servín.

Enrique Alberto Servín Herrera

Esta historia nos la recordó hace algunas semanas Rodolfo Fierro -fundador del Museo de Paleontología de Delicias-, a Luis Armendáriz y a mí, y Luis me pide ahora que la comparta.

Cuenta Rodolfo que, cuando nos acabábamos de conocer, en una ocasión lo invité a cenar a casa de mis papás, en donde todavía vivía yo.

Siendo él un individuo muy poco dado a asistir a eventos y reuniones, se encontraba muy nervioso por “no ir a meter la pata en determinado momento”, así que se propuso ser lo más cordial y pulido que le resultara posible. Yo lo recuerdo extremadamente parsimonioso, limpiándose los labios con la servilleta a cada rato.

Ese “determinado momento” ocurrió cuando mi tía Silvia, que también se encontraba allí, le extendió su copa y le preguntó con toda naturalidad:

-Rodolfo: ¿Te molesto con el vino?

Dice Rodolfo que él pensó: “Esta es la prueba de fuego”, así que se apresuró a responderle:

– De ninguna manera señora. En lo más mínimo. Puede usted estar completamente tranquila. De hecho, en mi familia también hay personas muy afectas a la ingesta de alcohol; así que, por lo que a mí respecta, puede usted beber absolutamente todo lo que quiera.

La pobre de mi tía Silvia se quedó viéndolo y después, muy despacito, volvió a colocar la copa vacía sobre el mantel.

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Enrique Alberto Servín Herrera

La última vez que fui a una Feria de Santa Rita -la celebración oficial de Chihuahua, en honor a la santa patrona (espuria) de la ciudad-, me acerqué a la rueda de la fortuna para recordar los tiempos de mi infancia.

Un niño, pasado de listo, había subido al juego mecánico una bolsa con piedras y, cada vez que la rueda lo hacía subir, las lanzaba contra los espectadores, quienes tratábamos a toda costa de esquivarlas.

En eso se oyó la voz de una niña, quizá su hermanita, que le gritaba:

-¡Ya párale! ¡Los vas a descalaverar!*

*(sic).

¿”Etimologías populares”, que les dicen…? Por supuesto que el lepe siguió dejando caer piedras hasta que se le acabaron, y que al bajar del juego mecánico logró perderse entre la multitud, impune y muerto de risa.

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Enrique Alberto Servín Herrera

He leído varias veces, aunque de forma desordenada, la obra de Juan Rulfo. Digo “la obra” porque aunque Pedro Páramo es su referente central, los cuentos de “El Llano en Llamas” me parecen igualmente llenos de reverberaciones, igualmente poderosos como literatura. Y a cada lectura descubro (como suele ocurrir con las obras maestras) nuevas sorpresas y formas de la grandeza, en su sentido más amplio: una obra que parece estarse siempre desdoblando, volviéndose más honda y más significativa a cada aproximación.

Rulfo retrata no la condición del mexicano, como algunos han querido entender, sino la condición humana, en todo su drama y en toda su contradictoria belleza: la inevitable condición de la orfandad, el amor y, sobre todo la muerte, que en su obra todo lo permea y todo lo imanta. Y la hazaña se cifra en unos cuantos personajes que, con apenas estar esbozados, no podrían ser más densos ni más profundos, y mediante un lenguaje extrañamente musical que se erige en una de las invenciones más originales y eficaces en la historia de la literatura.

He leído también algunas de las versiones a otros idiomas de esta obra esencial de nuestra cultura y pienso que, por lo general, Rulfo ha sido mediocremente traducido (incluso mal traducido) y que, por lo tanto, una de las labores pendientes en el panorama de nuestra promoción literaria es la de propiciar nuevas versiones de sus dos libros en los principales idiomas del mundo.

Aún así, el jalisciense ha pasado ya a ser parte de la cultura mundial. Me entero, por ejemplo, de que Indonesia, en el otro lado del mundo, ha lanzado una convocatoria para un concurso de crítica literaria con el tema de Juan Rulfo. Y no me extraña. Rulfo es uno de esos autores -como Marguerite Yourcenar, como José Lezama Lima o Jorge Luis Borges- que habrán de ir agigantándose con el tiempo, hasta quedar, por muchos siglos, no solo como grandes referentes civilizacionales, sino como momentos muy altos de la memoria y la imaginación humanas.

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Enrique Alberto Servín Herrera

Una anécdota más:

Mi señora madre, quien, a pesar de sus múltiples virtudes, no es precisamente la mujer más prudente del mundo, se encontró en una ocasión con mí tio Fernando Herrera, a quien no veía desde hacía algún tiempo. Para saludarlo, no se le ocurrió mejor cosa que decirle:

-Fernando, ¡cómo has subido de peso!

Mi tío Fernando, sin dudar por un segundo, con bastante aplomo y hasta con alguna elegancia, le respondió:

-Yo estaré gordo prima, pero a usted le falta conversación.

(¿A poco no es una respuesta encantadora?).

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Enrique Alberto Servín Herrera

Orangután significa en malayo “gente del bosque” (orang hutan). Se cuenta que el naturalista holandés Jacobus Bontius, autor de la “Historiae Naturalis et Medicae Indiae Orientalis”, obra en la que introduce en Europa el término “orangután”, entrevistó en 1631 a unos javaneses, quienes le dijeron que los orangutanes, es decir, esas “gentes del bosque”, podían hablar. Cuando Bontius les preguntó que por qué nunca lo hacían, sus interlocutores le respondieron:

-Si los obliga a trabajar, hablarán.

Ahora bien, a mí el hecho de que los javaneses en algún momento hubieran podido considerar a los orangutanes como verdaderos seres humanos, me parece una muestra de suma civilización, aunque su justificación en relación a su mudez, por supuesto, no está, para nada, a la misma altura moral. Tal vez el haber contestado algo así como:

-Se trata de una humanidad que simplemente no habla…

hubiera sido una respuesta mucho más generosa.

Lo triste de esta historia es que en malayo “orangután” nunca se ha dicho “orang hutan”. Se decía (y se dice todavía) “mawas”, término que etimológicamente no eleva en lo más mínimo el estatus ontológico del antropoide.

Todo apunta a que Jacobus Bontius (llamémosle ahora simplemente Jacobo Bont), fue burlado por sus divertidos interlocutores, de la misma manera que Margareth Mead fue engañada, por decir lo menos, por sus informantes samoanos, cuando estos le contaron la serie de exageraciones y mentiras con base a las cuales escribió su famoso “Coming of Age in Samoa”. Libro que, por cierto, en una especie de “efecto mariposa” trasladado al mundo de la cultura, fue una de las causas de la Revolución Sexual en Occidente.

Cosas del intercambio (y del choque) entre palabras, lenguas y civilizaciones.

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Enrique Alberto Servín Herrera

El infame asesinato de Miroslava Breach, cometido en presencia de su hijo menor, es una herida profunda, una llaga más en el rosario de atrocidades que han ido desfigurando el rostro de México: un país desmantelado, debilitado, entregado a unas cuantas camarillas de empresarios, políticos, jerarcas y narcotraficantes.

Pero su profesionalismo como periodista, su pasión y su valentía como ciudadana, ahora segados por el puñado de monedas que pueda habérseles arrojado a los sicarios, deben, necesariamente, ser una invitación a la resistencia permanente, a la vigilancia civil, al espíritu de lucha que, pase lo que pase, no debemos perder nunca.

Miroslava Breach. Muerta en el ejercicio de la libertad de expresión y en el cumplimiento de su deber como voz crítica y de denuncia ciudadana. Recordémosla siempre.

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