Enrique Alberto Servín Herrera
La primera impresión es de prosperidad, lo que contrasta con la avalancha de noticias que durante los últimos años hemos escuchado en relación a la crisis griega. El aeropuerto podría estar en cualquier parte de los Estados Unidos, y tal vez lo mismo podría decirse de la infraestructura carretera que lo comunica con la capital y los suburbios de los alrededores. La metrópolis griega, por supuesto, es una gran urbe contemporánea, centro principal de un país que ahora es parte integrante de la Unión Europea y, por lo tanto, plenamente inmerso en los procesos de globalización que se han intensificado en el mundo durante las últimas décadas. Como voy llegando de noche, durante el trayecto es difícil apreciar los alrededores de la ciudad, pero de todas maneras son visibles el entorno árido y la particular vegetación del Ática, en las montañas y la pequeña llanura en la que, hace ya casi tres milenios, una serie de aldeas se conurbaron para dar origen a la ciudad dedicada a la diosa de la sabiduría. Recuerdo —o creo recordar— que uno de los autores antiguos calificó a Atenas de “polvorienta”.
La señalización, una vez más, anuncia nombres milenarios y va disparando conexiones mentales con eventos históricos, obras de la literatura y ceremonias religiosas: “Elevsina”, por ejemplo, la antigua Eleusis, en donde se celebraban los antiquísimos misterios sagrados. Al acercarnos al centro, comienzan a aparecer edificios modernistas, muchos de ellos construidos durante la primera mitad del Siglo Veinte y casi todos de la misma altura, lo que le da a la ciudad un cierto ritmo y una cierta armonía. Las avenidas son, por lo general, muy arboladas, y entre los árboles y las estructuras que los protegen Giorgos me va haciendo ver las principales librerías y restoranes. El taxi dobla por algunas vialidades secundarias, acercándonos a nuestra dirección, y de pronto, al fondo de una de las avenidas por las que acabamos de pasar, aparece de lejos el Partenón. Iluminado. Del color de la lumbre. Flotando sobre Atenas.
Duermo inquieto, no tanto por el desfase de los horarios como por la emoción de encontrarme en el lugar en que me encuentro. Sueño imágenes sin conexión ni aparente sentido, pero pronto despierto, una y otra vez, y en la penumbra miro las paredes, las rejillas del aire acondicionado, las ventanas: me hallo, por supuesto, rodeado por la modernidad, idéntica en todas partes, pero estoy en Grecia; allá afuera, a pocas cuadras, quedan la Acrópolis y sus excepcionales monumentos, centrales en la historia de toda la Civilización Occidental; alrededor de ellos, la Torre de los Vientos, los restos el ágora, el Hefestión; los tesoros innumerables que —a pesar de siglos de saqueos y despojos— todavía colman los museos de este país; las partes viejas de la ciudad, construidas sobre la Atenas milenaria. Pero además, de una manera silenciosa y secreta, también los restos de columnas, esculturas, ánforas y las fragmentarias y multiformes evidencias históricas que todavía estarán sin descubrir, yaciendo en la absoluta oscuridad del subsuelo, algunas tal vez para siempre.
Después de desayunar me pongo de acuerdo con Giorgos y Elia Rouvalis para visitar la Acrópolis y el museo que alberga los descubrimientos hechos durante las sucesivas restauraciones que han sido llevadas a cabo en los Propileos, el Erekhteion y, en primerísimo lugar, el Partenón. Recorremos en un taxi la Atenas moderna, nos acercamos a la Plaka, el barrio antiguo, y llegamos por el lado de la Puerta de Adriano, un más bien modesto pero elegante monumento que durante el reinado del famoso emperador romano fue construido, junto con otros, en su admirada ciudad. La Plaka está llena de jóvenes, vendedores, meseros y turistas que, como yo, acuden a este lugar soleado y cargado de belleza e historia. Caminamos sobre el empedrado de mármol y a los pocos minutos aparece la Acrópolis, engarzada por sus enormes muros y rodeada por un pequeño bosque de olivares y laureles entre los que sobreviven las ruinas de otros edificios importantes. La Acrópolis, la “ciudad elevada”. Esencial. Poderosa. Como una fortaleza o un templo naturales.
No se “va” al Partenón. Como en el caso del Muro de las Lamentaciones en Jerusalem, o la Kaaba en la Meca, se “sube” hacia él. El transcurso, a pesar de las veredas contemporáneas, los señalamientos y las hordas de turistas, tiene algo de ritual. El calor, la intensa luz del mediodía, reflejada en los mármoles, hacen que la sombra de los olivares y las ráfagas de brisa que van llegando del Ática, o desde el mar, se sientan como verdaderas caricias. Uno se va abstrayendo y deja de poner atención a las conversaciones o a los personajes de todo tipo que aparecen entre las filas de los visitantes. Al pasar los majestuosos pórticos de los Propileos, y caminando sobre el gastado, pulido piso de piedra del techo de la Acrópolis, comienza a perfilarse la verdadera meta de esta peregrinación: el virginario, el Templo de Atenea, diosa de la sabiduría; Hekatómpodos: el de las Cien Columnas.
Es difícil decir algo sobre el Partenón. Esta suprema obra maestra, cuyo significado fue entendido ya desde el tiempo de su concepción (Pericles llegó a decir que su sola construcción sería suficiente para asegurar a Atenas un sitio en la historia de la humanidad) ha mantenido intacta su enorme fuerza estética y simbólica a lo largo de dos milenios y medio. Ni la guerra, ni los saqueos, ni la simple pero inexorable erosión, ni la evidente incompletud a la que el tiempo lo ha conducido han podido mermar belleza a este prodigio de serenidad y armonía. Para poder irradiar esa perfección, fue diseñado geométricamente como un edificio imperfecto. Es un hecho bastante conocido el que, al contrario de lo que parece, casi no contiene líneas rectas, porque sus volúmenes se comban y se arquean de continuo para poder vencer las leyes de la percepción a distancia: la perspectiva. Construido en mármol de un color cercano al blanco, alguna vez sus frisos estuvieron pintados de colores realistas sobre un fondo lapislázuli o añil, generando la impresión de un ceñidor que coronara las columnatas del edificio. En el pasado albergó una enorme estatua de Atenea hecha de placas de marfil cuyo vestido estaba todo cubierto de láminas de oro y que llegó a ser considerada parte del tesoro público ateniense. Existen descripciones antiguas de ese altar deslumbrante, pero en la actualidad nada queda de los elementos interiores del edificio, que fueron desapareciendo conforme la desestructuración, eterna ley a la que se abandona toda estructura, fue carcomiendo la obra maestra. Una explosión ocasionada por el ejército veneciano en 1687 destruyó la techumbre y debilitó buena parte del edificio, haciendo llegar a un punto crítico su deterioro. Algunos hombres sueñan, proyectan, construyen; otros arrasan, destruyen, borran. Aun así, incluso ahora el Partenón sigue resplandeciendo.
Al recorrer los exteriores, enfrentándose a sus ritmos y armonías, uno siente una especie de transparencia y limpidez. Cuando el poeta Dino Siotis habla del “silencio dórico”, tal vez se refiera, justamente, a esta experiencia. Y sin embargo hay algo de musical en el Partenón.
El viento arrecia, suena entre el bosque de los pilares de mármol. Y dan ganas de callar, uno mismo. De no tratar de añadir.